Mágico México


Oraciones de gratitud al Universo diábolo
Artículo de Josemaría Garzón Ríos. www.artedeamarte.es

 

Amado Dios, en más de una ocasión he comprobado cómo desde lo invisible emerge un canal de luz que toca mi corazón para relacionarme con las almas de quienes me rodean.

Te agradezco, de corazón, que a través de él me regales tantas señales frecuentes con las cuales interpreto la melodía de tu danza, porque ese Hilo me une a Ti, y si me une a Ti, me une a todo, incluidos mis hermanos. Su camino marca, por un lado, una ruta que posee el extraordinario poder de extender un campo a su alrededor, donde personas, experiencias y hechos interactúan y, por otro, crea un universo para cada persona.

El cordón luminoso aún me regala sus conexiones después del magnífico viaje a México. Hace poco tus guías me revelaron que si una persona pudiera plasmar sus sincronicidades a lo largo de un período de tiempo sobre un papel, estas conformarían un fractal de exquisitas belleza geométrica.

¿Qué es un fractal? Es una figura plana o espacial compuesta de infinitos elementos y que se repite según una pauta concreta tanto hacia lo pequeño como hacia lo grande. La cualidad más sorprendente es que siempre observaremos la misma figura aunque la escala que usemos sea distinta. Las figuras y la paleta de colores del amor estarían presentes en cada fractal, y su belleza podría superar a los dibujos simétricos de los campos de las cosechas. ¿Será la manera que tiene el universo de convertir las matemáticas en arte?

Es importante que me lo aclare porque existe un experimento interesantísimo que consiste en esparcir polvo muy fino sobre una plancha metálica. Según la música que se interprete, conectada por un mecanismo a la superficie, se formarán sobre ella figuras precisas. Cada melodía que resuene sobre la plancha creará una forma diferente. Con la nota que mis hermanos de viaje han aportado, recibiendo sincronicidades, con las notas que ese Hilo mágico ha transmitido en nuestro entorno, ¿cómo serían las figuras de ese bello viaje a México? Ay, cuánto me gustaría verlas.

No está al margen de esto que te confieso el hecho de que hace varias semanas me preguntara con insistencia cómo podría integrar en la tierra las futuras actividades de los niños con la parcela que los adultos descubrieron el verano pasado. Tierras y niños.

Entonces llegó Alfonso. Sé muy bien que a través de él convertiste un problema en una oportunidad: confeccionarían un mandala de grandes proporciones sobre la tierra de Los Trece Robles. En la figura geométrica también participarían los mayores una vez que hubiésemos creado una senda abierta entre los matorrales de escobas. Estoy convencido que ese supuesto fractal sobre “Los Trece Robles” es una parte más que el Hilo de Luz desea tejer.

Tanto es así que ya lo he visualizado en otros casos. Por ejemplo, el jueves por la noche coincidimos en una cena Lola y otras cuatro personas del viaje a México, en la plaza donde una semana por mes tengo la consulta de asesoría espiritual… o de terapia del alma. Nunca sé cómo llamarla. Con su ojo avizor y su corazón de psicóloga nos observaba uno por uno y nos decía: “Aún seguimos en México”. Los cinco asentimos con una enorme sonrisa de satisfacción bendita. Y no me extraña, porque todavía recibimos señales incluso cuando la mayoría debe lidiar en el trabajo, en la familia y en la calle con las tareas de la rutina. A veces guardo la serena impresión de que ya nada es igual; las señales persisten.

Una de las señales más rutilantes nos llegó dos días antes de la cena. Daniel, investigador esencial de escenas inéditas de éste y otros viajes, tuvo la intuición de tirar del hilo que pasaba por Teotihuacán. Me refiero a aquellos chavales que cantaron en la Avenida de los Muertos sobre una isla de piedras solitarias. Desde arriba los había escuchado y los habíamos observado vestidos con camisetas celestes. Cuando finalizaron sus cantos de dulzura, subieron por la escalinata de la Pirámide de la Luna.

Ya habíamos terminado nuestra emotiva ceremonia de reconciliación y sanación con el inconsciente de los pueblos indígenas. Pues bien -atención al dato-, el que ascendió por la escalinata de piedra donde nos hallábamos era un grupo de unos treinta o cuarenta chavales que estaba de gira en México. Ese grupo no era otro que el coro que sirvió de banda sonora a la película Los Chicos del Coro.

Me encanta esta historia, la de un maestro sencillo y transparente en un orfanato que cree en el milagro de transformar con la música a chicos de almas terriblemente heridas. Es un hombre de fe que luchaba contra los límites indomables de la norma establecida…

La música la componía él mismo en sus ratos de inspiración nocturna, cuando los chicos ya dormían en las camas enfiladas de una sala mugrienta. Eran unas notas garabateadas sobre los pentagramas de cada pliego de papel, con dedicación amorosa y con el único apoyo de una vela macilenta en un cuartucho oscuro. Quizá, hasta cierto punto, esto se parezca a mi intención: sanar a los niños –y a los niños heridos de los adultos– a través de una melodía de Amor cuyas formas son las que poco a poco se van materializando en ArtedeAmarte. Al menos, Padre, esta es la interpretación que tú me regalaste y con la cual me identifico.

Como ya he descubierto que la vida es un auténtico símbolo que se manifiesta a cada paso y para cada persona, según su propio ángulo, entendí con esta visita de los Chicos del Coro a Teotihuacán que un coro celestial nos había relevado durante una hora y media. Nosotros habíamos subido a la primera plataforma de la Pirámide de la Luna para llevar a cabo la Reconciliación como españoles, europeos o colonizadores, y ellos descendieron hasta la vía de los difuntos para despertar con sus cantos a los vivos-dormidos.

Mi interpretación, pues, es esa. Aquella no era la Avenida de los Muertos, sino la de los vivos dormidos, esos que aún no acabamos de despertar y que caminamos entre la noche y el día mientras descubrimos que al final, en la cúspide de la Pirámide del Sol se halla la máxima visión de todo.

O sea, los aztecas hablaron de un camino iniciático implícito en todas las religiones. Solo nuestra reinterpretación materialista, según los ojos impuestos por la familia, la cultura, la educación, tras unas gafas de tinieblas más densas, ven esta avenida como un homenaje al mundo de los fallecidos.

Cuando los chicos abordaron el escenario de nuestra ceremonia, recordé cómo habían cantado unas melodías que se esparcían por aquel monumental reloj cósmico que representa Teotihuacán. Al final, ascendieron por la gran escalinata y nosotros descendimos, agarrándonos a la barandilla de hierro que divide la subida por la mitad, una para ofrecer seguridad a los que ascienden y otra para los que bajan. Quizá sus notas fueron capaces de despertar en la Avenida de los Muertos a muchos de los vivos dormidos del mundo.

Amado Dios, el símbolo exquisito es que la vida está tejida por el Hilo de Luz. Solo se expresa si nuestra alma carece de miedo para ver. Yo, al menos, siento el Hilo como una Manifestación de esa Segunda Venida que llama cada vez con más fuerza a las puertas de mi corazón. Veo su tela de amor por todo el orbe, a través de muchos cursos de personas conectadas, de vivos despiertos que hablan de Ti. Aunque ya sé que eres Tú quien habla a través de nosotros.

Antes de la bajada me fijé en el primer chico. Tendría unos once o doce años. Llevaba una camiseta celeste y le pregunté en mi francés de supervivencia de qué país era. “Nous sommes de la France”. Lo entendí, pero no vislumbre, ni por asomo, que fuese uno de los chicos del coro, como semanas después nos contó Daniel.

Podría parecer que ese Hilo, hecho consciente semanas después, se partiera en ese momento, como si se hubiera desgajado de una trama y hubiera quedado sin conexión con la red de unidad. Estas son las limitaciones de la mente, que lo percibe todo de manera fragmentada. Pero no es así, porque todo es un flujo sin cesura.

Más tarde, las piezas sueltas vinieron a unirse a otras aparentemente inconexas. Por cada una que se unía a las anteriores, aparecían nuevos significados. Era como un salto cuántico en la conciencia personal.

Los significados se sucedían a partir de este momento con mayor claridad. Incluso el tiempo jugaba a favor del Hilo de Luz. También el espacio tenía su valor al colocar a cada persona en un contexto específico para ver desde esa posición lo que debía, y no otra cosa.

Recordé al bajar que traía a México un encargo personal desde Madrid. Era un mensaje que uno de tus ángeles me había contado en la consulta. Fue una mañana, a eso de las once y media. Tenía a una paciente en la camilla. Comprobé con un poco de molestia cómo del chacra de la palma de mi mano derecha salía una luz que me dejó unas pintas rojas sobre un fondo de piel pálido, con un picor-calor difícil de negar.

En un ambiente de absoluta paz, la mujer sacó un recuerdo doloroso anclado en la zona del pecho. Al sanar ese lugar de su cuerpo energético comenzó a llorar. Era un llanto desconsolado y definitivo porque las lágrimas estaban lavando la memoria más sucia.

Mientras tomaba una de sus manos y de vez en cuando yo le enjugaba las lágrimas que recorrían sus pómulos, escuché dentro de mí la voz. En esta ocasión no había apoyo de imágenes. “Necesitas jade”. Tras unos segundos de observación interna pregunté: “¿Jade? ¿Para qué?”.

Nunca me habían interesado las piedras de manera especial. Lo mío era confiar en la infalible técnica que llamo de manera jocosa “Quítate de en medio” con el fin de que seas Tú el Hacedor y no yo. Pero no hubo respuesta. A continuación pregunté para buscar una función al jade: “¿El jade es para mí o para ella?” Esta vez dijo: “Es para ti”. Pero no se me desveló el motivo. Mi mente buscó su propia explicación: para protegerme… Como la mente lo fragmenta todo el siguiente paso es el de medir las piezas inconexas en términos de amenaza o castigo.

La frase de tres palabras “es para ti” la recordé de súbito bajando la escalinata de la Pirámide de la Luna. Días antes me había interesado por el jade en DF, pero me encontré con barreras que más tarde comprendería… En realidad, tu mano movía ese Hilo que a todos atraviesa como cuentas de collar. Le pregunté por el jade a Amalia, a su marido y Jose, el hermano de ella. Todos tenían una estrecha relación con México, pues los dos primeros eran la tercera generación de españoles que mantenían algún contacto con el país, bien por una ascendencia de familiares que residían en DF desde hacía un siglo, bien por negocios. Me indicaron varios sitios, pero reconozco que había resistencias inexplicables. Por ejemplo, veía una tienda de exquisitas vitrinas de plata en la plaza de la catedral, o en el zócalo, y ni siquiera entraba para preguntar. Era como si una pared invisible me impidiera atravesar el umbral de cualquier tienda.

Ahora sé, desde la perspectiva natural que ofrece el tiempo, que tu Hilo Sagrado era quien tejía ese muro de energía que me impedía hasta satisfacer cualquier curiosidad en el interior de cualquier comercio relacionado con las piedras.

Después de la visita matinal a la pirámide de la luna fuimos a comer. Y a continuación el guía nos llevó hasta una tienda en las cercanías de Teotihuacán para que comprásemos. Nos advirtió de las maneras de los vendedores y de nuestra libertad para comprar. No se quedó corto. La tienda estaba patrocinada por el estado mexicano. Los precios eran tan altos y había tanto jade donde elegir que no sabía si debía tomar una figura con forma de paralelepípedo, una máscara con incrustaciones de obsidiana, réplica de la que se encontró en una de las cámaras mortuorias, o simplemente debía esperar a mi regreso a España para buscar el jade con más tranquilidad.

El ambiente de desconfianza aumentó cuando comprendí el marketing perfectamente visible que usaba un hombre mexicano. Mientras ofrecía calidad y autenticidad a través de un certificado que mostraba por encima de su cabeza, al lado había un taller que levantaba muchas sospechas. En la tienda los precios estaban por encima de las nubes; en el taller te vendían cuatro trocitos de piedra de obsidiana con tu nombre labrado en ella o te partían cuatro pedazos de cuarzo rosado que envolvían en un papel a cambio de una propina obligatoria. Pues eso, solo adquirí a bajo precio un trozo de obsidiana con forma de hígado y con el nombre ArtedeAmarte grabado en su cara más brillante.

“Tú sabrás donde debo encontrarlo”, te recé.

Después nuestro viaje transcurrió con normalidad y disfruté como un niño saboreando las chuches que representaban las señales que aparecían a cada minuto y que entre nosotros compartíamos. “Te das cuenta que cuando estás conectado todo es una pura Señal que proviene de Ti”, escuché.

El viaje a Mérida representó un salto importante. Había hablado con Zita por teléfono la última noche en DF, de regreso a Tehotihuacán. También sucedió otra sorprendente sincronicidad entre los dos.

Ella era una mexicana reconocida hasta en las esferas gubernamentales por sus capacidades. Me dijo en nuestra conversación telefónica que sentía mucho no habernos puesto en contacto para poder viajar juntos por el Yucatán. También me transmitió para el grupo que ella estaría a partir de ese momento con nosotros, pero de otra manera. “Cuando lleguéis a Uxmal, meditad o dejad la mente libre en la Pirámide del Adivino porque yo me pondré en contacto con vosotros. Cada uno sentirá lo que necesita”.

Aunque es verdad que la sentí muy cercana, también es cierto que hubo muchas dificultades antes de programar el viaje, y aún hoy existen complicaciones para conectarnos. Pero no deja de ser divertida la sincronicidad que me cuenta, ya a la vuelta, en uno de sus correos y que Alicia acaba de redirigirme. “Hola José María, cada vez que te escribo una larga carta, no sé qué sucede, pero siempre me llega una respuesta de una organización llamada Conexión y que firma increíblemente una tal José María, donde me indica que estoy enviando mal mi correo”.

Aún no dejo de sonreír. La prueba evidente de lo que digo es que Zita me transmitía en otro mail reciente que nos buscó por la península -supongo que hablaba en términos astrales-, pero también le fue imposible hacerlo. ¿Por qué?

La parte más reveladora vino a partir del segundo día de estancia en Mérida. Soy consciente de que este Hilo de Luz que ha unido a personas y lugares tiene sus matices. A veces, su brillantez es tan prodigiosa que nos regala misterios que adquieren sentido en nuestro corazón solo cuando se unen las piezas. Por sí mismas, quiero decir mentalmente, resulta imposible descifrar la magnitud de tu poder sereno, o como a mí me gusta decir, de tu paz dinámica.

Esa revelación comenzó a aflorar, como digo, a partir de nuestra estancia en Mérida. Pero, es verdad que en este mundo que nos muestras jamás uno y uno son dos. Es como si dijeras que un hombre y una mujer suman dos personas. O que si añadimos un hijo el conjunto suma tres personas. Eso no es cierto. Hay un resultado concomitante que está al margen de la suma, pero al mismo tiempo las integra en algo muy superior. A eso que hay en medio lo llamo la tercera entidad… ¿espíritu de Dios? Está claro que la suma de las piezas de comprensión o sincronías ofrece resultados diferentes. Por la misma razón que la suma de las líneas matemáticas de un fractal no ofrece como resultado un conjunto de formas, sino una figura de una belleza incomparablemente mayor para cada caso.

Habíamos aterrizado en el Aeropuerto Internacional Manuel Crescencio Rejón cuando le dije a Alicia que mis botines tenían la suela demasiado fina. Yo debía comprar unas plantillas para que no me molestaran en la planta de los pies las piedras que pisaba. Ella, con todo su amor, me aconsejó que me comprase unos nuevos.

Al segundo día de estancia en Mérida salimos solos del hotel mientras unos y otros estábamos repartidos por el entorno de las calles adyacentes del zócalo, a unas horas mañaneras donde hacíamos tiempo para coger el autobús a las once y media y que nos llevaría a Tulum.

Primero fuimos hasta una tienda de zapatería que nos habían indicado en la recepción del hotel. Era en la calle 31. Me compré unos magníficos zapatos, tipo mocasín acordonado, de color albero, como la tierra de las plazas de toros. Salí con ellos puestos y con una fuerte sensación de que aquellos zapatos también tendrían alguna connotación simbólica respecto al viaje. Al fin y al cabo, calzaba por primera vez unos zapatos nuevos en un país diferente.

De regreso atravesamos el zócalo cuando nos encontramos a Amalia comprando en una tienda de regalos. Me llamó y me dijo que si había visto una tienda de piedras un poco más abajo, en la misma calle. Le dije que sí. Por eso nos dirigíamos hasta ella. Pero unos metros más adelante, nos volvieron a salir al paso otras dos amigas que estaban en otra tienda. En esta ocasión eran Amparo y Maribella. De manera impetuosa me abordó la primera y sin terminar de hablar extrajo de su bolsillo un papelito blanco con un gráfico semejante a un pequeño mapa. Deduje que alguien le había dibujado un lugar.

Así era. El indígena de la tienda de piedras había detectado en algunos de nosotros que no éramos un grupo turístico, sino un grupo con fines de servicio espiritual.

“Vete para allá que ahora vamos nosotras”, me dijo ella con los ojos exclamando sorpresa. “Dice que debemos ir a un sitio. Es una persona especial”, me repetía mientras señalaba con su dedo índice un croquis donde había una iglesia construida hacía siglos por unos indígenas.

Finalmente Alicia y yo entramos en la tienda. No había nadie más que él. Di lo buenos días y un hombre más alto que yo elevó su cabeza por detrás de un expositor de cristal. Nos miramos a los ojos y, por Dios, de inmediato comprendí que él veía el alma de las personas porque sus ojos eran capaces de mantener suspendido en el aire el silencio para escuchar por dentro. Desprendían tanto amor y una sabiduría tan ancestral que fue, quizá, el regalo más importante en muchas días. Aún no he olvidado la mirada de Mario, silencioso porque su discurso era interior.

Ese Hilo de Luz del cual escribía al principio de esta oración, que en el fondo es una invocación para mantenerte vivo en mi corazón, volvió a emerger en esa tienda de Mérida. Tampoco pasó desapercibido el parecido entre las palabras Mérida, marido, Mario y María, o incluso Madre. No, ¿cómo iban a escapar a mi conciencia tus sutiles señales? De vez en cuando golpeas con suavidad mi alma para decirme: “Que siempre estoy contigo, tontorrón”. Bueno, conmigo y con los demás, porque sé bien que a cada uno le regalas sus señales con colores y tonos apropiados. Tu creatividad es infinita.

Descubrí tanto jade en la tienda de Mario que ahora el problema era decidir si jade oriental o jade maya. Vale, lo tuve claro por pura lógica al cabo de diez minutos: jade maya. Dentro del jade maya, cuál, ¿con formas geométricas o incrustado en figuras? ¿Y cuál era el tamaño o la cantidad apropiada según aquella voz que me había hablado en la consulta de Madrid, al pie de la camilla, imponiendo las manos sobre una persona a la que no paraban de hablarme sobre su vida?

Muchos miembros del grupo fuimos coincidiendo en la tienda. Había un aire vibrante dentro. Más de una persona descubrió que Mario tenía poderes para recomendar qué tipo de piedra necesitaba, si para el primer chacra, si para los miedos o las dudas, si para clarificar la mente, si para un problema de vesícula o de riñón.

Hay algo que no soporto: la indecisión. Por eso siempre la soluciono de la misma manera: me coloqué al lado de mis compañeros, junto al mostrador. Esperé mi turno mientras observaba cómo Mario introducía unas pinzas largas dentro de un bote de cristal con agua. En el interior había ópalos de fuego. Fui a pronunciar su nombre cuando antes de que saliera un sonido de mi boca levantó la cabeza para mirarme. “Dígame”, me dijo. “Necesito jade porque en una consulta que tengo me lo han recomendado”. Hice un descanso suponiendo que él estaba escuchando dentro de sí. “Lo que usted me diga es válido para mí”. Entonces me preguntó: “¿Para qué chacra?”. “Sinceramente, no sé ni siquiera para qué se lo pido”, proseguí. Me miró de nuevo con unos ojos acuosos, y pronunció una palabra que resonó tan hondamente que no me dejó lugar a dudas de que el mismo que se comunicó semanas antes en la consulta ahora le susurraba a él para decidir. De su boca salieron dos palabras: “El emocional”.

Satisfacción… y conexión son las palabras que mejor definen ese instante. Con ello, me sentí, además, tan protegido como acompañado por alguien que hasta el día de Tulum no había desvelado. Y todo ello gracias a la “nota discordante” de Daniel, como él se definió equivocadamente y que los del otro lado usaron para un propósito más elevado, colocando el punto sobre una “i” que yo no quise o no pude ver en aquel maravilloso encuentro del grupo donde él reclamaba no perder la referencia de algo tan cercano a nosotros como era Jesús, para mí Yeshua.

Esa mano que yo había sentido apoyada siempre en mi hombro derecho era la suya. Ahora Él le recomendaba a Mario el tipo de jade para protegerme. Al oír la expresión “el emocional” me sentí abrazado; otra vez encajaron nuevas piezas.

Es cierto que mi chacra más vulnerable es el tercero, el emocional. No obstante es mi trabajo más persistente allí donde voy.

También comprendí por qué siempre salía de la consulta con un tono energético muy alto, a pesar de trabajar durante ocho o nueve horas algunos días, y nada más entrar en la boca del metro, situada a solo cien metros del edificio, comenzaba a desinflarme como un flotador con forma de pato. Incluso mi voz se debilitaba tanto que me costaba trabajo hablar.

Y, por supuesto, comprendí cuántas amorosas ayudas existen a mi alrededor, cuánto me enseñan durante las sesiones de Consejería Espiritual. Algunas de esas celestiales entidades son muy reconocibles, incluso me cuesta trabajo mantener sobre mí su elevadísima vibración. Pero siempre han permanecido otras con un significado más cercano. Una de ellas, mi principal guía, me había mostrado a través de imágenes que mi chacra tercero era el más vulnerable de todos y que el aura herida de muchos pacientes, así como diversas suciedades o entidades de baja frecuencia, lo tenían muy fácil para penetrar a través de mí por ahí.

Mario se agachó y cogió un maletín de plástico blanco y translúcido, con muchos compartimentos, como esos que suelen venderse en los grandes supermercados para guardar tornillos y tuercas de muchos tamaños diferentes. En una de las casillas había cuentas de jade que estaban labradas de una manera curiosa. Cada una de estas cuentas, mayores que un garbanzo tenía un verde esmeralda con betas blanquecinas. Lo cogió con unas pinzas y lo colocó sobre el cristal del mostrador. Todo el mundo estaba callado. Le pedí que por favor le atravesara un cordón para convertirlo en un collar, porque comprobé que la cuenta de jade tenía un agujero fino. Así lo hizo y al cabo del rato le pagué una cantidad módica.

Me despedí con un apretón de manos, pero yo le agarré su mano con las dos mías y se la coloqué de manera horizontal. Quería expresarle así afecto y gratitud. “Que Dios le bendiga, Mario”, le dije. Él me dio las gracias y bajó la cabeza para seguir atendiendo a los demás. No hablamos del lugar que había aconsejado a Amparo y a Maribella. Me di cuenta al volverme y despedirme del grupo. No hizo falta.

Al salir de la tienda volví a escuchar la voz: “¿Es que no vas a mirar la marca de los zapatos que te has comprado?”. Alicia llevaba una bolsa de plástico. Al extraer la caja y leer la marca me sonreí.

Otra vez el Hilo de Luz emergía hasta la conciencia mundana para escuchar cómo violines, timbales y piano armonizaban todos sus mensajes en uno solo: “Estás fluyendo magníficamente con la melodía del Universo, Pajarillo”. Así era, aunque hasta ahora no había descubierto que quien me hablaba era Yeshua.

La marca estaba escrita en un correcto inglés, “New Balance”, que yo traduje en correcto castellano: Nuevo Equilibrio (o balance, ecuanimidad, armonía). ¿No es esto un regalo? ¿No es esto estar conectado a la vida? Volví a saborear el rico universo que yace de manera inmanente en nosotros y que Tú sostienes con tu sagrado aliento. Él emerge cuando Tú lo consideras preciso, con todo tu amor, con toda la magnitud de la Consciencia Divina. Ese cúmulo de sincronicidades nos empujaba a mi esposa y a mí por una corriente de la que, por más que quisiera salirme, era imposible escapar. Y encima llevaba a mi lado a Alicia, con la carga de simbolismo que ya de por sí posee su propio nombre: “en el país de las maravillas”.

Según contó Mario a aquellas que se quedaron, el lugar se llamaba Dzibilchaltún, que significa “Lugar donde hay escritura en las piedras”. Era el centro energético por excelencia del Yucatán. Sus ruinas eran indígenas. Decía que los budistas que venían del Tíbet a México iban hasta él para meditar en un vórtice energético. El centro de energía estaba dibujado en el croquis que le dibujó una hora antes a Amparo y a Maribella. Parece ser que estaba situado a escasos metros de la iglesia que aparecía justo en el centro del complejo de ruinas.

Dzibilchaltún, junto con Uxmal y Chinchén Itzá formaban un triángulo bastante poderoso en el contexto de esta península. Pero el primero es el punto esencial y centro energético del Yucatán. “Debéis ir allí”, le dijo a Amparo el indígena Mario.

Todos estábamos de acuerdo en hacer ese viaje. Era un viaje fuera de ruta y en sentido contrario a donde debíamos dirigirnos al día siguiente. Tenía, pues, un inconveniente sobre lo programado. Salíamos para Cancún. Con lo cual debíamos levantarnos muy temprano para recorrer tres cuarto de hora de carretera hacia atrás, y luego volver a realizar ese recorrido con cuatro horas más de viaje en autobús para llegar hasta Cancún.

Ni siquiera el chófer conocía el lugar, a pesar de que había nacido en Mérida. Tendría sesenta años y un acento que para mí recordaba al cubano. Tampoco Eduardo, el guía, a pesar de ser licenciado en turismo con una diplomatura y un master en cultura mesoamericana, había oído hablar de un lugar semejante. De todas maneras, él ya sabía que para nosotros los sitios fuera de programa eran más interesantes.

Mientras viajábamos hasta Chinchén Itzá, primero el conductor y luego Eduardo, hicieron dos llamadas con sus móviles de empresa. El conductor fue informado por alguien, y una vez localizado se lo contó a Eduardo, a lo que éste llamó a la agencia para preguntar –y regatear- un precio por el desvío de ruta.

No contaré en esta oración abierta el viaje a Chinchén Itzá de ese día, ni la reunión que mantuvimos por la noche en una de las habitaciones del hotel. Eso lo dejo para otra ocasión. Tampoco narraré la tremenda experiencia en el cenote. Aunque quizá sea importante que en la reunión estuviéramos veinticuatro personas. Carmen habló y predijo alguna catástrofe en el mundo. Al día siguiente ocurrió el terremoto de Chile.

Llegamos a Dzibilchaltún al cabo de tres cuartos de hora. Habíamos calculado el viaje para entrar justo a la hora de apertura. De esta manera aprovecharíamos mejor el tiempo y regresaríamos pronto para Cancún. Dos señores nos vendieron los boletos y por unas sendas de gravilla impecablemente cuidada caminamos hasta la entrada principal. Me alegré en ese momento de estrenar mis zapatos New Balance para no soportar el dolor bajo la planta de los pies cuando caminábamos hacia el control de la entrada al recinto. Allí había varias tiendas, una de regalos, otra de comestibles y finalmente otra de bebidas.

Nos llamó la atención que el lugar estuviera tan exquisitamente cuidado en sus jardines. Incluso descubrí entre unas rocas perfectamente localizadas focos discretamente escondidos que darían una iluminación muy hermosa durante las noches.

Caminábamos en silencio, escuchando solo el sonido de los pasos de treinta personas sobre la gravilla. A continuación entramos en una zona abierta. Frente a mí descubrí tres columnas gruesas de piedra, asentadas sobre una base más ancha. La altura alcanzaría los tres metros de altura. En ese momento me llegó el pensamiento de que se trataban de tres monolitos y, a continuación, el pensamiento se hilvanó hasta alcanzar la idea de que en realidad eran agujas de acupuntura terrestre.

Miré a la izquierda. Según el plano que había cogido en recepción, identifiqué en la lejanía un monumento llamado Casa de las Siete Muñecas. A través de su arco, el sol asomaba con toda precisión para señalar los dos equinoccios, el de primavera y el de otoño.

Lo cierto es que nada más llegar localizamos la capilla, más bien diría, media capilla, porque sólo estaba construida en la parte de su altar. Carmencita se adelantó a todos y localizó el vórtice a través del plano que llevaba Amparo y que Mario le había dibujado. Se hallaba a unos treinta metros delante de la iglesia, en una especie de ligera hondonada.

Me pareció bello observar desde esa posición el altar totalmente abierto. Comprendí que la ceremonia ya no quedaba encerrada entre unos muros gruesos como son los de una ermita o una catedral, que en esta ocasión la voz del sacerdote resonaría más allá del atrio de entrada.

Sentí, Padre, que la naturaleza estaba tan viva en esos albores de la mañana que el aire, los árboles y el silencio parecían sagrados. La observé como quien descubre un galeón en mitad de la selva, con el sigilo de un colonizador que ha descubierto un tesoro mayor de lo que hubiera imaginado. Miré mis zapatos nuevos para caminar sin hacer ruido. Me coloqué delante y pensé en el corazón de quienes habían construido en mitad de aquel descampado abierto una iglesia sin entrada. Nadie pronunció una palabra. Miraras a donde miraras solo había alrededor árboles de la selva.

¿Dónde está el atrio de esta iglesia?, me pregunté. Un sereno reguero de preguntas sobrevino hasta mi conciencia al compás de la luz que clareaba en la mañana. ¿Realmente no existe? ¿O se halla en el algún punto de los confines del Universo? Escuché la palabra Universo y me resultó por primera vez algo medible. No sé por qué; no me lo preguntes. En un lugar como aquel, Tierra y Universo se daban la mano. Era como si existiese una capilla cuya ceremonia dedicásemos al cosmos, o a la naturaleza en su grado infinito.

Esas sensaciones no parecían desencaminadas. Quizás lo que viene a continuación sea el motivo primordial por el cual realizo esta oración de gratitud. De nuevo, el Hilo de Luz.

El Hilo de Luz con el cual ensartas las cuentas que somos las almas de tus hijos volvió a emerger hasta en cuatro ocasiones conscientes desde este momento. En esta ocasión las señales eran de otra índole, como si el fractal describiese un pétalo muy concreto de su forma más general.

Me llamaron la atención muchas cosas. De algunas fuí consciente al instante, pero de otras caí en la cuenta bastante después. En primer lugar, Paco observó toda la ceremonia desde una escalinata de Piedra situada justo al oeste de nuestra posición. Lo sentí en la distancia como un anclador del grupo. Por otro lado, Esperanza dijo un día antes que si hacíamos algo en Dzibilchaltún, ella preferiría visitar el conjunto de ruinas. Al fin y al cabo es arqueóloga e historiadora y la afición va por dentro.

Pero algo debió intuir en el momento de formar el círculo delante del altar de la capilla, que prefirió quedarse, con lo cual comprendí de nuevo cómo, cuando tus designios están presentes, tu enorme Voluntad abraza a nuestras pequeñas voluntades. Con estos movimientos de personas –y otros que no vienen al caso- entreví que si Paco estaba fuera, si Esperanza ya cogía de la mano a dos personas en el círculo y si Eduardo había decidido sumarse al grupo, entonces formábamos un número: veintinueve, que suma once.

El 11 es el número maestro que simboliza la maestría y el crecimiento espiritual. Su repetición a través de señales, como llevaba observando desde nuestra salida de Madrid, representa la Manifestación Divina y simboliza el despertar espiritual del ser humano. Cuando aparece, los humanos deben enfrentase a los procesos de transformación relacionados con asumir nuevas actitudes individuales, a la aceptación de un ego que ya no debe controlar. Y todo ello para asumir la unidad con nuestros semejantes. Once es un número muy importante porque expresa un número maestro y al mismo tiempo es el número de una puerta de Conexión. Nuestro grupo era el grupo “La Conexión” o grupo “Redondo”, según la agencia de viajes.

Carmen sacó de su bolso un corazón de cristal rojo. Era tan grande como su puño y lo introdujo dentro de un cuenco pequeño color marrón oscuro. Con su voz y su respiración espesa, propia de los momentos previos a una de sus conexiones, dijo para mi sorpresa algo que no sabía hasta ese momento. Había llevado desde España dos cosas, un corazón y una bolsa peque con tierra en su interior. El corazón representaba, según nos explicó, uno de sus rituales de la época en la que ella era una especie de sacerdotisa maya y los extraía con un cuchillo de obsidiana. La tierra de la bolsa transparente, para mi sorpresa, era del lugar donde vivo en España.

Mientras enseñaba el corazón rojo, filtrado por la luz de la mañana, se apresuró con su modestia habitual a aceptar tanto aquellos tiempos como los nuevos. De alguna manera invitaba al permiso y no al juicio. Sentí que el corazón era ahora el de la Madre Tierra, o si me lo permites, el de la Humanidad, que expuesto en el centro del círculo quedaba sanado y redimido de todas sus heridas.

Primero esparció la tierra formando un círculo de una cuarta de diámetro; sobre ella depositó el cuenco con el corazón de cristal rojo. A continuación realizó una mirada circular para indicarnos a aquellos que lo deseáramos que podíamos colocar algún objeto personal en un punto tan poderosamente energético como aquel. Nadie dudo en buscar un abalorio o reliquia personal. Yo me descolgué mi collar con una cuenta solitaria de jade verde y blanco.

Pero al regresar de nuevo al círculo sucedió algo imprevisto. Un par de personas expresaron con un tono de alarma que alguien se acercaba hasta el grupo de manera poco amigable. Venía por el lado donde Paco estaba sentado en la escalinata, a mis espaldas, con lo cual yo oí primero una voz displicente.

Era un hombre mexicano, supuestamente un vigilante. Nos conminó que no colocásemos ofrendas en el lugar. “Pueden orar a quién quieran, pero nada de ofrendas. Aquí no”. Fernando le salió al paso con argumentos racionales y de evolución, pero tanto Carmencita, alguna persona más y yo le dijimos al querido Fernando que se callase y que todos cogiésemos las “reliquias” personales que habíamos depositado en el centro. Entonces, el hombre marchó en la dirección de la capilla hasta desaparecer por la senda que comunicaba con la entrada por donde accedimos al recinto abierto.

Después de una corta meditación, escuchando el sonoro silencio sobre nuestra alma, oliendo cómo el aroma de la mañana fresca impregnaba el lugar, una voz -¿Tu voz?- salió por mi boca y con gran aplomo le dije de nuevo a Carmencita: “Carmen, coge el corazón y colócalo en el centro”. Ella me miró el alma y supo que la voz no provenía de ningún soberbio, comprendió que el guarda había venido sólo para eso, para “señalar” que allí lo único que debía permanecer como ofrenda era el corazón, el de cristal, el que representaba al corazón del grupo, el de la humanidad y quizá el del universo. Un corazón que en el pasado ella había extraído desde su propia creencia como ritual con una afilada hoja de obsidiana y ahora lo ofrecía de nuevo para llevar a cabo su ofrenda a la Madre Tierra.

“Debes danzar”, escuché dentro de mi mente. Sin dudarlo di un paso al frente. La conexión era perfecta en ese momento. Uní por detrás de mi cintura las manos de dos mujeres a las que yo tomaba en ese momento para que el círculo no se rompiera. Cuando ya estaba dentro le pedí permiso a Carmen para que me permitiera llevar a cabo una danza. Solo le dije: “Carmen, debo hacer algo”. Ella me miró y asintió con lentitud.

Fernando también comenzó a tocar la flauta dentro del círculo y percibí que en aquella mañana fresca de Dzibilchaltún mi alma permanecía extrañamente vibrante. La flauta sonaba de manera simultánea en mí, en otra dimensión y hasta en los confines del Universo. No sabría explicártelo mejor porque no era una melodía para nadie, sino para el Uno que constituimos todos, incluidos nuestra misión, la naturaleza y los planetas. Las notas de su flauta resonaron con mi cuerpo, también las sentí tocando el alma del grupo. Sentí como la partitura sobre la cual se plasmaban era el sagrado silencio que vivíamos a esas horas. Percibí la sensación de que era la flauta de Krishna que había venido para despertarnos a todos y decirnos: “Levantaos, que ya llegó la hora de saber quienes sois”.

Mi cuerpo comenzó a danzar. Mis brazos se estiraban hacia fuera y de manera armoniosa giraban por encima de mi cabeza. Los dedos se alargaban. Parecían crecer más allá de su longitud habitual. Todo el cuerpo entró en movimiento. Mi cabeza y mis piernas se coordinaban al ritmo de la flauta. La danza se ejecutaba para cada hermano, como si uno por uno marcase el compás. A veces era lenta y a veces tremendamente rápida, con fuertes giros de mi brazo derecho sobre mi cabeza.

En estos momentos, como humano se me concedió el regalo de saborear de manera íntima la comprensión de la conciencia del ser que bailaba a través de mí. Eso me permitió tener una visión muy profunda de la persona que había delante, de su camino y de las energías que lo empujan, de sus miedos y de los dones.

Como Te digo, algo entró en mí para trabajar aspectos espirituales y energéticos de cada persona, como el desbloqueo de chacras, o la apertura de ciertos puntos situados a la altura de los omóplatos para que, según deducía, las alas del ángel comenzaran a desplegarse a partir de ese instante. Disfruté abrazando mientras una corriente de amor provocaba que algunas lágrimas de amor recorrieran mis mejillas, aunque sintiera, por otro lado, la más reverente serenidad en mi rostro.

De vez en cuando, la frase “romper los sellos” venía a mi mente. Sucedía cuando chasqueaba, en la espalda de cada uno y cada una, los dedos para romper una especie de anclajes energéticos que impedían al ángel desplegar esas alas etéricas que todos tenemos. Otras frases diferentes se escuchaban cuando bailaba delante de alguno o de alguna. Yo sabía que la mente de ellos no las escuchaban, pero cuando las oía dentro de mí, comprendía que era para que el alma de cada uno las sintiera: “Levántate y vuela, que ya llegó la hora”.

Otras veces, ese algo que parecía vibrar como arcángel acariciaba el cabello y el rostro de la persona a la vez que sus alas de luz. Usaba mis manos como si fueran las suyas. Yo envolvía a la persona dentro de una espiral de alas y gozo que sentía en el corazón de mi alma como el mejor premio jamás concebido.

El momento más emotivo para mi parte humana llegó cuando me coloqué delante de Alicia. El arcángel la miró con Amor. Mi conciencia humana no pudo sustraerse; tampoco pudo evitar la comparación con el resto de los compañeros a los que ya había visto su alma. Dos lágrimas gordas brotaron de mis ojos, mientras le sonreía. La sentí con algo de miedo y también un poco desconcertada porque jamás me había visto en este nuevo papel, a pesar de que llevásemos juntos veintitrés años. Ya se lo había advertido tres años antes: “Algún día me verás y te resultaré extraño, yo diría que casi cínico”. Pero ahora su alma me decía lo siguiente: “Reconozco que se trata de algo definitivo, así que haz lo que debes”.

Avancé hasta ella con solo tres pasos y me puse cara a cara mientras nos mirábamos a los ojos. Ella veía otra mirada en mí. Cuando la abracé, envolviéndola con una luz nacarada, sentí a otra Alicia muy diferente a la que abrazo como hombre. Era un ángel que me había acompañado de manera voluntaria como viajera en el tiempo, unas veces con un traje de carne y otras con un traje de luz, como espíritu desencarnado, da lo mismo. Comprendí en ese instante qué significa que un espíritu se haya dividido en dos para ocupar dos cuerpos diferentes; comprendí qué significaba ser alma gemela.

Mucho más. Entendí su trabajo en relación a sí misma y en relación al mío. Por lo visto estaba llegando al final de su olvido para desplegar unas alas con una envergadura considerable, de por lo menos cuatro metros de distancia. Ahora había imágenes que venían a corroborar esta certeza, algunas tenía muchos años, como la del número considerable de personas, sobre todo amigos, que nos habían asociado como hermanos. Con razón…

Debo confesarte que alguien me dijo hacía poco que ella volaría más alto que yo. No entendí. Me pareció una comparación más de la mente. Alicia siempre ha volado al menos más en la Tierra. Para mí, en mi escala de valores, el volar como un ángel no es desarrollar más conocimiento, ni siquiera poderes paranormales. Volar como un ángel es asumir la dignidad de llevar a cabo el papel correspondiente a cada etapa de la vida. Muchas personas se quedan estancadas en etapas anteriores por el mero hecho de no aceptar.

En el caso de Alicia, su conexión con los que le rodean ya es una evolución más alta que la mía y que la de cualquiera. Y ella, “la del país de las maravillas”, cuando se me permitió verla con ojos de ángel, expresó la grandeza de su luz a través de la humildad. Ni su conocimiento, ni capacidades sobrenaturales, ni más nada. Ella posee lo que más necesita la humanidad en este momento: aceptación.

Su exquisito papel había sido saber manejar con maestría la tensión del hilo y los giros de la cometa que yo representaba. Desde lo profundo del ser hace falta una altura difícil de encontrar en cualquier rincón de nuestros grupos de aprendizaje. No, mi vara de medir no es ni la clarividencia, ni el conocimiento, ni la telepatía; mi vara de medir a los demás siempre será aquello que filtre el corazón.

Con esa medida estaba en Dzibilchaltún, observando a Alicia con los ojos prestados del arcángel. Entonces, Fernando vino hasta nosotros y acercó el extremo de su flauta al pecho de ella. Desde mi posición entendí su papel. Realizó sonidos parecidos al trino de un pájaro entre otros que parecían provenir de un reino olvidado.

Fernando era parte indivisible de la situación. Era como decir: “Sin esta melodía sagrada no se puede danzar por los mundos del Universo”. Recordé de nuevo a Krishna tocando su flauta por las noches en el bosque, o danzando por los universos. Mi mente había trascendido la limitación de ver solo un simple trabajo energético de chacras, sanación y despertar con cada uno de mis hermanos y hermanas. Ahora sí vislumbro cómo tus trabajos son simultáneos, donde cada uno comprende y discierne aquello que puede dilucidar desde su posición.

Lo más llamativo de ese momento -quizá sea el motivo fundamental por el cual escriba esta oración de gratitud- fue una extraña sensación. La danza la habré llevado a cabo al menos en cinco ocasiones durante los dos últimos años, pero esta vez los giros de mis brazos servían para favorecer el movimiento circular de algo colosal cuyas dimensiones carecían de medidas terrestres. Mi movimiento parecía impulsar algo mayor.

También había sido consciente de que trabajos semejantes se practicaban en esos días por todo el planeta. No sé si en ellos el danzante era la entidad que se me repetía una y otra vez. La palabra Arcángel Miguel sonaba muchas veces.

Tu Hilo Sagrado de Luz aún emerge de vez en cuando para manifestarse con puntadas de colores. Allí sucedió algo, en aquel vórtice que Mario, el indígena, nos había señalado el día anterior en su tienda de piedras de jade, de ópalos de fuego y de obsidiana. Allí, donde según él, los monjes budistas a su llegada a México se dirigían para meditar durante unos días, antes de llevar a cabo un trabajo energético. Amado Dios de los Universos, amado Dios de la Unidad Suprema, colocas frente a mí piezas pequeñitas de comprensión que solo son fragmentos de una verdad más inmensa de lo que mi mente pueda albergar, donde ya no sé si soy pequeñito o tan grande como lo que intuyo.

Todavía procuro asimilar lo que me has mostrado. Lo honro y lo reverencio para guardar un profundo silencio de Unión y escuchar la melodía de la flauta de Fernando que tú soplas y la danza de José María que tú bailas. Ahora sé que la haces resonar en cada esquina del universo para convertirlo en lo que ya es: algo sagrado. Te agradezco y te entrego mi corazón por haberme sanado con este descubrimiento de algo muy extraño que lleva sucediéndome desde hace décadas. Es la primera vez que te lo expreso. Deseo que el universo entero lo sepa.

Nunca me produjo miedo la muerte, ni siquiera tuve angustia cuando pensaba en si existiría algo o no al otro lado. Siempre he sentido que ella no es más que un desplazamiento de la vida. Nunca me preocupó la pérdida definitiva de la conciencia tras el fallecimiento humano. Lo que siempre me ha provocado desasosiego, angustia y hasta una terrible ansiedad fue algo que has curado a través de este viaje iniciático.

Desde que llegó esta noticia a la vuelta, a través de Carmencita, ha sido como un bendito regalo tuyo. Toda esa enfermedad del alma ha desaparecido. Conceptos como infinito y eterno siempre me habían creado ataques de ansiedad. No eran continuos, pero cada año me sucedían una o dos veces si pensaba en ellos, a pesar de que la voz de tus guías siempre me ha repetido: “Todo es mucho más hermoso de lo que jamás pudiera imaginar tu mente”. Ahora ya no necesito entenderlo; ahora sé que lo que me has venido mostrando a lo largo de estos días, representa mi propia reconciliación con esos terribles conceptos para una mente que se empeña en limitarlo todo. Cuando se topa con ellos se desborda hasta el colapso, cayendo en un abismo de difícil narración.

En Dzibilchaltún terminamos abrazándonos para desplegar nuestras alas de amor alrededor de cada hermano, y nos fuimos con paz al cenote. La mayoría sentíamos la unidad atravesándonos como si fuésemos perlas de un collar que poco a poco iba cerrándose. Solo quien no soportaba esa unidad veía separación y se enfrentaba a sí mismo. Así que el Cenote fue un motivo de celebración.

No sé en qué momento Eduardo me contó algo que fue la llave que comenzó a abrir una puerta de grandes dimensiones en mí. Dijo que durante la ceremonia había visto “cosas”. Le pregunté por los detalles y me describió un repertorio más o menos extenso de visiones muy llamativas. Solo me interesó que había visto dos torbellinos rojos superpuestos girando a gran velocidad, uno que ascendía y otro que descendía, como si fueran un diábolo vertical, dos conos que se tocaban en sus vértices a cierta altura del suelo.

Me acordé de la danza en la cual yo giraba mis brazos con enorme intensidad desde el centro del círculo. Pensé que quizá la sensación de resistencia fuera el impulso que a través de mí se imprimía para que los conos invertidos giraran al unísono. Al fin y al cabo, tanto Fernando como yo no hacíamos más que avanzar en el mismo sentido, pero en extremos opuestos del interior.

Más tarde, Carmen también me contó que había visto en el centro del grupo dos conos superpuestos, es decir unidos a sus vértices, aunque no eran rojos. Tenían un brillo blanquecino y creo que me dijo que giraban.

Hasta ese momento no había caído en la cuenta de que yo también tenía mi experiencia con otros conos. Los había presenciado nada menos que once meses atrás, en un paraje cercano al lugar donde vivo.

Debo reconocer que no entiendo nada de geometría sagrada. Pero fue por abril cuando visité un lugar para llevar a cabo la elaboración de un elixir relacionado con los chacras superiores, es decir, esos que están por encima del séptimo. Allí visualicé con total nitidez dos conos unidos por sus vértices.

Ahora, en Dzibilchaltún, no había caído en la cuenta de que por tres veces consecutivas aparecía esta extraña configuración de formas geométricas, bien por referencias, bien por el recuerdo de aquel lugar cercano a donde vivo. Tres veces la misma visión es una llamada de atención más que evidente del otro lado. Y quedaba la cuarta, la definitiva, la sorprendente y cautivadora aparición de los dos conos en el vídeo que envío Carmen hace muy pocos días.

Aunque primero quisiera continuar con los míos. He rescatado la canalización escrita donde presencié este fenómeno aquel día de abril a las catorce treinta de la tarde, como consta en mi cuaderno. Al leerla me he dado cuenta de lo interconectado que permanece todo y de lo importantes que son en estos momentos nuestros movimientos espirituales.

Esta es la transcripción literal que llevé a cabo después de aquel día de abril a las catorce treinta de la tarde, en un paraje situado a tres kilómetros de la casa. La hice media hora después de haber visto lo sucedido.

“Ya estoy en el lugar que he visualizado antes de salir de la fuente de la Dama. Al llegar he intuido una poderosa energía que me hacía vibrar el cuerpo, sobre todo, un escalofrío recorría la columna.

He colocado la copa en el centro del vórtice, después de marcar con piedras la 2ª octava o espiral del vórtice. En esta ocasión no veo a seres rodeando la copa como en la primera ocasión. Veo una imagen que se va enriqueciendo a medida que escribo esto.

Antes se me ha dicho que tampoco estuviese cerca de la copa, que me retirase más allá de la 2ª octava del vórtice.

Cuando he observado lo que sucedía, al principio, he visto un haz de luz -¿columna?- que atravesaba la copa, de unos quince centímetros de grosor.

Luego he visto cómo el punto donde se hallaba la copa estaba conectado de alguna manera por cuatro hilos de luz que forman una cruz, hacia la Quiana, hacia el Castro celta, -que está bastante cerca y que se presupone tenía un fin ceremonial (no obstante en sus inmediaciones existe una cueva que he investigado. He descubierto que hay una poderosa chimenea cosmotelúrica y que dicha cueva lleva por nombre del Moro, nombre que no proviene de los nacidos en Marruecos, sino de Mouro, especie de ser, guardián de lugares secretos, cuevas o de culto espiritual, particularmente los relacionados con las energías de la Madre Tierra)-. En realidad, todas las direcciones quedan marcadas o señaladas desde este punto por los haces de luz: arriba-abajo, derecha-izquierda, al frente-atrás.

A continuación he visto un ser (¿?), una energía muy sutil que giraba alrededor en forma de espiral y que parecía provenir de dimensiones superiores, quizá quinta o séptima, hasta que ha formado un cono invertido de luz, cuyo vértice toca la base de la copa situada en el suelo y cuya base circular se halla a dos metros de altura.

Ah, he visto más cosas, pero he comprobado en más de una ocasión que cuando regresas a una consciencia normal, la memoria física no retiene esta información con facilidad. Todo se queda en apreciaciones vagas, por eso me apresuro a describir esto.

Sí recuerdo haber visto bolas de luz girando alrededor de un centro –el de la copa- y con un radio de giro importante. En ese momento se ha levantado una brisa de viento, luego ha cesado y han aparecido varias mariposas revoloteando por encima de mí.

Pero me gustaría recibir respuesta, alguna explicación canalizada de estas sorprendentes y bellas visiones. Intuyo que ya lo sé, que siempre lo he guardado en mi interior, desde la noche de los tiempos, cuando llegué por primera vez a este planeta de Amor.

(Contestación) Paz y Amor para ti. Desde la noche de los tiempos guardas en tu Esencia la guía que te permitió modular energías para fines concretos, como los que llevas a cabo ahora.

A veces, el dolor es la consecuencia de no poder expresar los verdaderos dones, las cualidades y maestrías que un ser posee y que necesita transmitir. El empuje de esos dones hace mucho daño en los cuerpos mental, emocional, etéreo y físico. Hasta que por fin, el individuo se rinde a su propio control y permite que traspase algo nuevo a través de su consciencia humana. Ello representa la Liberación, el poder de crear a voluntad.

El ser que has visto danzar, en realidad, eres tú, tu propia Esencia (en este momento varios pájaros canturrean cerca de donde me hallo), desplazada del cuerpo-alma para hacer su trabajo, el que antaño hizo aquí, y en otros mundos.

Se te ha dicho que te retiraras del punto central. Tú mente ha creído que se trataba de evitar una amenaza, que podrías recibir una vibración perjudicial para ti. Así es la mente. En realidad, se te ha transmitido esto para que percibieras en la distancia –unos treinta metros- la coreografía de una danza cósmica. En la paradoja en la que os hayáis envueltos los humanos resulta que eres tú mismo el artífice de semejante escultura-modulación de luz. Ya ves, tu mente va por un lado y tu Esencia, por otro.

Pero has visto solo una parte. Del vértice del cono invertido nacía otro vértice de cono hacia abajo. Se han cortado los haces de luz de “todas las direcciones” y en ese momento tu Esencia, danzando alrededor de los conos, ha dado un toque de Voluntad Creadora para modificar la vibración de los conos, otorgando un color que no has visto bien y una frecuencia en el agua de la copa que repelerá, transformará o disolverá cualquier energía negativa que haya llevado enganchada cualquier persona durante gran parte de su vida.”

Esta es una parte pequeña de la transcripción que aquel día de abril llevé a cabo.

Finalizo ya esta larga oración, divino pastor de los universos, amado padre cuya esencia toca todos los rincones inescrutables del cosmos. Y te lo cuento para que esto lo retenga esa memoria tan pobre que tenemos los humanos y en muy poco tiempo terminará por disolverse en la Tuya. Te pido que me lo recuerdes en cada instante de la eternidad. Allá donde esté o resida.

Habíamos regresado de México cuando yo estaba en Madrid hablando con Alicia desde el fijo de la casa de Chiqui, que es donde suelo vivir cuando viajo para asistir en la consulta de la capital. Sonó también mi móvil (celular en México). Comprobé que en la pantalla aparecía el nombre de Carmencita y me pareció una bonita sincronicidad que mientras hablaba con Alicia llamase justo en ese instante Carmen. Sin dejar de hablar con Alicia, se lo referí a ella por el móvil, con la intención de convertirme en el puente de ambas. Pero noté que esta permanecía impactada por algo, como si estuviera afectada por una noticia vital. Así que le pregunté si le decía a Alicia que la llamara en otro momento. “Sí, por favor, es importante lo que debo decirte”. Me desconcertó su respuesta porque ella es modesta hasta unos límites a veces sorprendentes. Con lo cual, deduje que algo estaba sucediendo.

Me refirió que había mandado a todos los miembros del viaje a México un vídeo a través del correo electrónico. Su voz sonaba como un susurro nítido.

Relataba que había recibido un correo esa misma mañana con un enlace a Youtube. En él se me mostraría un breve documental del observatorio astronómico de Nuevo México (me recordó que ese estado de USA se convertía en nuestro caso en una frase con un nuevo significado para los que asistimos allí. Es decir, a partir de nuestro viaje deberíamos comprender que hay en nosotros, tal vez allí, un nuevo México). Este observatorio del estado norteamericano había confeccionado el primer mapa del Universo teniendo en cuenta un estudio concienzudo, con ordenadores y lentes de última generación. Me dijo que no me contaría nada hasta que lo comprobase por mí mismo.

Hice clic en el enlace adjunto del correo. Se abrió la interfaz de Youtube y en ella aparecía un vídeo. Comenzaron a desfilar de manera pausada los créditos en letra blanca y bajo un fondo negro. Al principio no se escuchaba voz alguna. Solo aparecían unos comentarios en la parte superior donde se describía en qué posición del universo se iba situando una cámara que iniciaba su vuelo desde la cima del monte Everest. Ese extraordinario travelling se iba alejando de la Tierra a medida que los titulares de la parte superior explicaban en qué contexto astronómico se hallaba la cámara. Las distancias cada vez fueron más grandes.

Aunque ya había visto películas semejantes, como el principio y el final de la extraordinaria película Contact, protagonizada por la actriz Judie Foster, en esta ocasión la escena llegaba a los confines de ese primer mapa.

Y he aquí la cuarta vez que Tu Hilo de Luz me mostraba dos conos con la forma de un diábolo donde el centro de ese Universo era una Tierra que había desaparecido como consecuencia de la enorme distancia, nuestra amada Tierra, aunque yo pensé con algo de modestia que ese centro más bien podría ser la desaparecida en la lejanía Vía Láctea, cuyo tamaño, solo imagino, por decir algo, sería comparable a un átomo en medio de un punto central de todas las aguas formadas por los océanos del mundo. Sigo imaginando y supongo que esta vasta superficie hasta podría quedar pequeña en relación a las espectaculares imágenes.

Escribo debajo el texto anónimo que venia escrito en el adjunto.

“Hace apenas unas semanas, el Museo Americano de Historia Natural colgó en la red este espectacular vídeo, una reconstrucción informática que muestra un "viaje" desde la superficie de la Tierra hasta los límites del universo conocido.

Desde su publicación, casi dos millones de personas lo han visto ya en la web del museo, pero en España este excepcional trabajo sigue siendo prácticamente desconocido.

Lo que hace que este vídeo sea único y diferente a la mayoría de los que se han hecho hasta ahora es que todo lo que en él aparece está basado en datos reales. Es decir, que no se trata de un vídeo "artístico" realizado según simples criterios estéticos, sino de una auténtica reconstrucción, pieza a pieza, de todo lo que sabemos sobre el universo en que vivimos.

Todo, desde las trayectorias de los satélites que orbitan la Tierra, hasta la posición de todas las estrellas, galaxias o lejanísimos quasares, está basado exactamente en los datos que tenemos sobre cada uno de esos objetos. O para ser más precisos, en los datos del Sloan Digital Sky Survey, que componen la que quizá sea la visión más completa del universo de que disponemos hasta el momento.

A pesar de todo, y debido a la posición geográfica en la que se encuentra el telescopio de dos metros y medio del Apache Point Observatory, en Nuevo México, que es el que utiliza el Sloan Digital Sky Survey, existen zonas "oscuras", es decir, áreas del universo que el telescopio, físicamente, no puede observar. Por eso, en el vídeo, la distribución de las galaxias observadas tiene la forma de dos conos unidos por la punta (el punto de unión es la Tierra), y el resto aparece en negro.

En total, el trabajo comprende casi un millón de galaxias y más de 120.000 quasares. El viaje, que comienza en el Himalaya, termina en el límite mismo de lo que podemos observar con los instrumentos más potentes de que disponemos, los ecos del Big Bang, a 13.700 millones de años luz de distancia, y sirve para que todos nos demos cuenta, de una forma directa y visual, de lo insignificantemente pequeño que es nuestro mundo, incluso nuestra galaxia, si se compara con todo lo que hay "ahí fuera"...”

Amado Dios, aquí escucho el clic de ese broche cuyo eco también resuena en los confines. El sagrado Hilo de Luz cierra cada uno de sus extremos en este punto de la eternidad que emana mi corazón. Reconozco que después de estas reverberaciones de conocimiento, las sincronicidades perdurarán, porque, como bien me has dicho, el fractal continúa propagándose hasta el infinito con sus formas de belleza repetida.

Es verdad que ahora, cuando observo cada cono, no dejo de encontrar enormes asociaciones de piezas que estaban sueltas: como es arriba es abajo; polaridad positiva y negativa; universo masculino y femenino; ying y yang; cielo e infierno… en fin, polaridades que debo trascender en ese punto de unión que son los vértices de las figuras para invocar al Uno, y que quizá sea la esfera que aparece en las imágenes del vídeo, la cual incluye a ambos conos. Tal vez ella represente la Unidad que abraza a la diversidad… yo diría, más bien, a la complementariedad.

Al otro lado del teléfono permanecía Carmen. Entonces, mientras ambos observábamos en nuestros respectivos ordenadores el vídeo con las inconmensurables distancias, ella exclamó para sí: “Dios mío, qué pequeños somos”.

 

 

Pero yo, aunque no se lo dije, sentí algo muy diferente. Una voz nítida como hacía tiempo no escuchaba dentro de mí dijo: “Al contrario, unos seres que ocupan esa posición en el Universo de dos conos no pueden ser pequeños, sino enormemente grandes para nosotros”.

Y un trocito de Hilo de Luz juntó sus extremos para hacer un clic de Amor.

Gracias, mi amado Dios, que todo lo sostienes.

Josemaría Garzón Ríos.
www.artedeamarte.es

 

 

 

 
 

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