Oraciones
de gratitud al Universo diábolo Artículo
de Josemaría Garzón
Ríos. www.artedeamarte.es
Amado
Dios, en más de una ocasión
he comprobado cómo desde
lo invisible emerge un canal
de luz que toca mi corazón
para relacionarme con las almas
de quienes me rodean.
Te
agradezco, de corazón,
que a través de él
me regales tantas señales
frecuentes con las cuales interpreto
la melodía de tu danza,
porque ese Hilo me une a Ti,
y si me une a Ti, me une a todo,
incluidos mis hermanos. Su camino
marca, por un lado, una ruta
que posee el extraordinario
poder de extender un campo a
su alrededor, donde personas,
experiencias y hechos interactúan
y, por otro, crea un universo
para cada persona.
El
cordón luminoso aún
me regala sus conexiones después
del magnífico viaje a
México. Hace poco tus
guías me revelaron que
si una persona pudiera plasmar
sus sincronicidades a lo largo
de un período de tiempo
sobre un papel, estas conformarían
un fractal de exquisitas belleza
geométrica.
¿Qué
es un fractal? Es una figura
plana o espacial compuesta de
infinitos elementos y que se
repite según una pauta
concreta tanto hacia lo pequeño
como hacia lo grande. La cualidad
más sorprendente es que
siempre observaremos la misma
figura aunque la escala que
usemos sea distinta. Las figuras
y la paleta de colores del amor
estarían presentes en
cada fractal, y su belleza podría
superar a los dibujos simétricos
de los campos de las cosechas.
¿Será la manera
que tiene el universo de convertir
las matemáticas en arte?
Es
importante que me lo aclare
porque existe un experimento
interesantísimo que consiste
en esparcir polvo muy fino sobre
una plancha metálica.
Según la música
que se interprete, conectada
por un mecanismo a la superficie,
se formarán sobre ella
figuras precisas. Cada melodía
que resuene sobre la plancha
creará una forma diferente.
Con la nota que mis hermanos
de viaje han aportado, recibiendo
sincronicidades, con las notas
que ese Hilo mágico ha
transmitido en nuestro entorno,
¿cómo serían
las figuras de ese bello viaje
a México? Ay, cuánto
me gustaría verlas.
No
está al margen de esto
que te confieso el hecho de
que hace varias semanas me preguntara
con insistencia cómo
podría integrar en la
tierra las futuras actividades
de los niños con la parcela
que los adultos descubrieron
el verano pasado. Tierras y
niños.
Entonces
llegó Alfonso. Sé
muy bien que a través
de él convertiste un
problema en una oportunidad:
confeccionarían un mandala
de grandes proporciones sobre
la tierra de Los Trece Robles.
En la figura geométrica
también participarían
los mayores una vez que hubiésemos
creado una senda abierta entre
los matorrales de escobas. Estoy
convencido que ese supuesto
fractal sobre “Los Trece
Robles” es una parte más
que el Hilo de Luz desea tejer.
Tanto
es así que ya lo he visualizado
en otros casos. Por ejemplo,
el jueves por la noche coincidimos
en una cena Lola y otras cuatro
personas del viaje a México,
en la plaza donde una semana
por mes tengo la consulta de
asesoría espiritual…
o de terapia del alma. Nunca
sé cómo llamarla.
Con su ojo avizor y su corazón
de psicóloga nos observaba
uno por uno y nos decía:
“Aún seguimos en
México”. Los cinco
asentimos con una enorme sonrisa
de satisfacción bendita.
Y no me extraña, porque
todavía recibimos señales
incluso cuando la mayoría
debe lidiar en el trabajo, en
la familia y en la calle con
las tareas de la rutina. A veces
guardo la serena impresión
de que ya nada es igual; las
señales persisten.
Una de las señales más
rutilantes nos llegó
dos días antes de la
cena. Daniel, investigador esencial
de escenas inéditas de
éste y otros viajes,
tuvo la intuición de
tirar del hilo que pasaba por
Teotihuacán. Me refiero
a aquellos chavales que cantaron
en la Avenida de los Muertos
sobre una isla de piedras solitarias.
Desde arriba los había
escuchado y los habíamos
observado vestidos con camisetas
celestes. Cuando finalizaron
sus cantos de dulzura, subieron
por la escalinata de la Pirámide
de la Luna.
Ya habíamos terminado
nuestra emotiva ceremonia de
reconciliación y sanación
con el inconsciente de los pueblos
indígenas. Pues bien
-atención al dato-, el
que ascendió por la escalinata
de piedra donde nos hallábamos
era un grupo de unos treinta
o cuarenta chavales que estaba
de gira en México. Ese
grupo no era otro que el coro
que sirvió de banda sonora
a la película Los Chicos
del Coro.
Me
encanta esta historia, la de
un maestro sencillo
y transparente en un orfanato
que cree en el milagro de transformar
con la música a chicos
de almas terriblemente heridas.
Es un hombre de fe que luchaba
contra los límites indomables
de la norma establecida…
La música la componía
él mismo en sus ratos
de inspiración nocturna,
cuando los chicos ya dormían
en las camas enfiladas de una
sala mugrienta. Eran unas notas
garabateadas sobre los pentagramas
de cada pliego de papel, con
dedicación amorosa y
con el único apoyo de
una vela macilenta en un cuartucho
oscuro. Quizá, hasta
cierto punto, esto se parezca
a mi intención: sanar
a los niños –y
a los niños heridos de
los adultos– a través
de una melodía de Amor
cuyas formas son las que poco
a poco se van materializando
en ArtedeAmarte. Al menos, Padre,
esta es la interpretación
que tú me regalaste y
con la cual me identifico.
Como ya he descubierto que la
vida es un auténtico
símbolo que se manifiesta
a cada paso y para cada persona,
según su propio ángulo,
entendí con esta visita
de los Chicos del Coro a Teotihuacán
que un coro celestial nos había
relevado durante una hora y
media. Nosotros habíamos
subido a la primera plataforma
de la Pirámide de la
Luna para llevar a cabo la Reconciliación
como españoles, europeos
o colonizadores, y ellos descendieron
hasta la vía de los difuntos
para despertar con sus cantos
a los vivos-dormidos.
Mi interpretación, pues,
es esa. Aquella no era la Avenida
de los Muertos, sino la de los
vivos dormidos, esos que aún
no acabamos de despertar y que
caminamos entre la noche y el
día mientras descubrimos
que al final, en la cúspide
de la Pirámide del Sol
se halla la máxima visión
de todo.
O sea, los aztecas hablaron
de un camino iniciático
implícito en todas las
religiones. Solo nuestra reinterpretación
materialista, según los
ojos impuestos por la familia,
la cultura, la educación,
tras unas gafas de tinieblas
más densas, ven esta
avenida como un homenaje al
mundo de los fallecidos.
Cuando
los chicos abordaron el escenario
de nuestra ceremonia, recordé
cómo habían cantado
unas melodías que se
esparcían por aquel monumental
reloj cósmico que representa
Teotihuacán. Al final,
ascendieron por la gran escalinata
y nosotros descendimos, agarrándonos
a la barandilla de hierro que
divide la subida por la mitad,
una para ofrecer seguridad a
los que ascienden y otra para
los que bajan. Quizá
sus notas fueron capaces de
despertar en la Avenida de los
Muertos a muchos de los vivos
dormidos del mundo.
Amado Dios, el símbolo
exquisito es que la vida está
tejida por el Hilo de Luz. Solo
se expresa si nuestra alma carece
de miedo para ver. Yo, al menos,
siento el Hilo como una Manifestación
de esa Segunda Venida que llama
cada vez con más fuerza
a las puertas de mi corazón.
Veo su tela de amor por todo
el orbe, a través de
muchos cursos de personas conectadas,
de vivos despiertos que hablan
de Ti. Aunque ya sé que
eres Tú quien habla a
través de nosotros.
Antes de la bajada me fijé
en el primer chico. Tendría
unos once o doce años.
Llevaba una camiseta celeste
y le pregunté en mi francés
de supervivencia de qué
país era. “Nous
sommes de la France”.
Lo entendí, pero no vislumbre,
ni por asomo, que fuese uno
de los chicos del coro, como
semanas después nos contó
Daniel.
Podría parecer que ese
Hilo, hecho consciente semanas
después, se partiera
en ese momento, como si se hubiera
desgajado de una trama y hubiera
quedado sin conexión
con la red de unidad. Estas
son las limitaciones de la mente,
que lo percibe todo de manera
fragmentada. Pero no es así,
porque todo es un flujo sin
cesura.
Más
tarde, las piezas sueltas vinieron
a unirse a otras aparentemente
inconexas. Por cada una que
se unía a las anteriores,
aparecían nuevos significados.
Era como un salto cuántico
en la conciencia personal.
Los
significados se sucedían
a partir de este momento con
mayor claridad. Incluso el tiempo
jugaba a favor del Hilo de Luz.
También el espacio tenía
su valor al colocar a cada persona
en un contexto específico
para ver desde esa posición
lo que debía, y no otra
cosa.
Recordé
al bajar que traía a
México un encargo personal
desde Madrid. Era un mensaje
que uno de tus ángeles
me había contado en la
consulta. Fue una mañana,
a eso de las once y media. Tenía
a una paciente en la camilla.
Comprobé con un poco
de molestia cómo del
chacra de la palma de mi mano
derecha salía una luz
que me dejó unas pintas
rojas sobre un fondo de piel
pálido, con un picor-calor
difícil de negar.
En
un ambiente de absoluta paz,
la mujer sacó un recuerdo
doloroso anclado en la zona
del pecho. Al sanar ese lugar
de su cuerpo energético
comenzó a llorar. Era
un llanto desconsolado y definitivo
porque las lágrimas estaban
lavando la memoria más
sucia.
Mientras tomaba una de sus manos
y de vez en cuando yo le enjugaba
las lágrimas que recorrían
sus pómulos, escuché
dentro de mí la voz.
En esta ocasión no había
apoyo de imágenes. “Necesitas
jade”. Tras unos segundos
de observación interna
pregunté: “¿Jade?
¿Para qué?”.
Nunca me habían interesado
las piedras de manera especial.
Lo mío era confiar en
la infalible técnica
que llamo de manera jocosa “Quítate
de en medio” con el fin
de que seas Tú el Hacedor
y no yo. Pero no hubo respuesta.
A continuación pregunté
para buscar una función
al jade: “¿El jade
es para mí o para ella?”
Esta vez dijo: “Es para
ti”. Pero no se me desveló
el motivo. Mi mente buscó
su propia explicación:
para protegerme… Como
la mente lo fragmenta todo el
siguiente paso es el de medir
las piezas inconexas en términos
de amenaza o castigo.
La frase de tres palabras “es
para ti” la recordé
de súbito bajando la
escalinata de la Pirámide
de la Luna. Días antes
me había interesado por
el jade en DF, pero me encontré
con barreras que más
tarde comprendería…
En realidad, tu mano movía
ese Hilo que a todos atraviesa
como cuentas de collar. Le pregunté
por el jade a Amalia, a su marido
y Jose, el hermano de ella.
Todos tenían una estrecha
relación con México,
pues los dos primeros eran la
tercera generación de
españoles que mantenían
algún contacto con el
país, bien por una ascendencia
de familiares que residían
en DF desde hacía un
siglo, bien por negocios. Me
indicaron varios sitios, pero
reconozco que había resistencias
inexplicables. Por ejemplo,
veía una tienda de exquisitas
vitrinas de plata en la plaza
de la catedral, o en el zócalo,
y ni siquiera entraba para preguntar.
Era como si una pared invisible
me impidiera atravesar el umbral
de cualquier tienda.
Ahora sé, desde la perspectiva
natural que ofrece el tiempo,
que tu Hilo Sagrado era quien
tejía ese muro de energía
que me impedía hasta
satisfacer cualquier curiosidad
en el interior de cualquier
comercio relacionado con las
piedras.
Después de la visita
matinal a la pirámide
de la luna fuimos a comer. Y
a continuación el guía
nos llevó hasta una tienda
en las cercanías de Teotihuacán
para que comprásemos.
Nos advirtió de las maneras
de los vendedores y de nuestra
libertad para comprar. No se
quedó corto. La tienda
estaba patrocinada por el estado
mexicano. Los precios eran tan
altos y había tanto jade
donde elegir que no sabía
si debía tomar una figura
con forma de paralelepípedo,
una máscara con incrustaciones
de obsidiana, réplica
de la que se encontró
en una de las cámaras
mortuorias, o simplemente debía
esperar a mi regreso a España
para buscar el jade con más
tranquilidad.
El ambiente de desconfianza
aumentó cuando comprendí
el marketing perfectamente visible
que usaba un hombre mexicano.
Mientras ofrecía calidad
y autenticidad a través
de un certificado que mostraba
por encima de su cabeza, al
lado había un taller
que levantaba muchas sospechas.
En la tienda los precios estaban
por encima de las nubes; en
el taller te vendían
cuatro trocitos de piedra de
obsidiana con tu nombre labrado
en ella o te partían
cuatro pedazos de cuarzo rosado
que envolvían en un papel
a cambio de una propina obligatoria.
Pues eso, solo adquirí
a bajo precio un trozo de obsidiana
con forma de hígado y
con el nombre ArtedeAmarte grabado
en su cara más brillante.
“Tú
sabrás donde debo encontrarlo”,
te recé.
Después nuestro viaje
transcurrió con normalidad
y disfruté como un niño
saboreando las chuches que representaban
las señales que aparecían
a cada minuto y que entre nosotros
compartíamos. “Te
das cuenta que cuando estás
conectado todo es una pura Señal
que proviene de Ti”, escuché.
El viaje a Mérida representó
un salto importante. Había
hablado con Zita por teléfono
la última noche en DF,
de regreso a Tehotihuacán.
También sucedió
otra sorprendente sincronicidad
entre los dos.
Ella
era una mexicana reconocida
hasta en las esferas gubernamentales
por sus capacidades. Me dijo
en nuestra conversación
telefónica que sentía
mucho no habernos puesto en
contacto para poder viajar juntos
por el Yucatán. También
me transmitió para el
grupo que ella estaría
a partir de ese momento con
nosotros, pero de otra manera.
“Cuando lleguéis
a Uxmal, meditad o dejad la
mente libre en la Pirámide
del Adivino porque yo me pondré
en contacto con vosotros. Cada
uno sentirá lo que necesita”.
Aunque es verdad que la sentí
muy cercana, también
es cierto que hubo muchas dificultades
antes de programar el viaje,
y aún hoy existen complicaciones
para conectarnos. Pero no deja
de ser divertida la sincronicidad
que me cuenta, ya a la vuelta,
en uno de sus correos y que
Alicia acaba de redirigirme.
“Hola José María,
cada vez que te escribo una
larga carta, no sé qué
sucede, pero siempre me llega
una respuesta de una organización
llamada Conexión y que
firma increíblemente
una tal José María,
donde me indica que estoy enviando
mal mi correo”.
Aún no dejo de sonreír.
La prueba evidente de lo que
digo es que Zita me transmitía
en otro mail reciente que nos
buscó por la península
-supongo que hablaba en términos
astrales-, pero también
le fue imposible hacerlo. ¿Por
qué?
La parte más reveladora
vino a partir del segundo día
de estancia en Mérida.
Soy consciente de que este Hilo
de Luz que ha unido a personas
y lugares tiene sus matices.
A veces, su brillantez es tan
prodigiosa que nos regala misterios
que adquieren sentido en nuestro
corazón solo cuando se
unen las piezas. Por sí
mismas, quiero decir mentalmente,
resulta imposible descifrar
la magnitud de tu poder sereno,
o como a mí me gusta
decir, de tu paz dinámica.
Esa
revelación comenzó
a aflorar, como digo, a partir
de nuestra estancia en Mérida.
Pero, es verdad que en este
mundo que nos muestras jamás
uno y uno son dos. Es como si
dijeras que un hombre y una
mujer suman dos personas. O
que si añadimos un hijo
el conjunto suma tres personas.
Eso no es cierto. Hay un resultado
concomitante que está
al margen de la suma, pero al
mismo tiempo las integra en
algo muy superior. A eso que
hay en medio lo llamo la tercera
entidad… ¿espíritu
de Dios? Está claro que
la suma de las piezas de comprensión
o sincronías ofrece resultados
diferentes. Por la misma razón
que la suma de las líneas
matemáticas de un fractal
no ofrece como resultado un
conjunto de formas, sino una
figura de una belleza incomparablemente
mayor para cada caso.
Habíamos
aterrizado en el Aeropuerto
Internacional Manuel Crescencio
Rejón cuando le dije
a Alicia que mis botines tenían
la suela demasiado fina. Yo
debía comprar unas plantillas
para que no me molestaran en
la planta de los pies las piedras
que pisaba. Ella, con todo su
amor, me aconsejó que
me comprase unos nuevos.
Al segundo día de estancia
en Mérida salimos solos
del hotel mientras unos y otros
estábamos repartidos
por el entorno de las calles
adyacentes del zócalo,
a unas horas mañaneras
donde hacíamos tiempo
para coger el autobús
a las once y media y que nos
llevaría a Tulum.
Primero fuimos hasta una tienda
de zapatería que nos
habían indicado en la
recepción del hotel.
Era en la calle 31. Me compré
unos magníficos zapatos,
tipo mocasín acordonado,
de color albero, como la tierra
de las plazas de toros. Salí
con ellos puestos y con una
fuerte sensación de que
aquellos zapatos también
tendrían alguna connotación
simbólica respecto al
viaje. Al fin y al cabo, calzaba
por primera vez unos zapatos
nuevos en un país diferente.
De regreso atravesamos el zócalo
cuando nos encontramos a Amalia
comprando en una tienda de regalos.
Me llamó y me dijo que
si había visto una tienda
de piedras un poco más
abajo, en la misma calle. Le
dije que sí. Por eso
nos dirigíamos hasta
ella. Pero unos metros más
adelante, nos volvieron a salir
al paso otras dos amigas que
estaban en otra tienda. En esta
ocasión eran Amparo y
Maribella. De manera impetuosa
me abordó la primera
y sin terminar de hablar extrajo
de su bolsillo un papelito blanco
con un gráfico semejante
a un pequeño mapa. Deduje
que alguien le había
dibujado un lugar.
Así era. El indígena
de la tienda de piedras había
detectado en algunos de nosotros
que no éramos un grupo
turístico, sino un grupo
con fines de servicio espiritual.
“Vete
para allá que ahora vamos
nosotras”, me dijo ella
con los ojos exclamando sorpresa.
“Dice que debemos ir a
un sitio. Es una persona especial”,
me repetía mientras señalaba
con su dedo índice un
croquis donde había una
iglesia construida hacía
siglos por unos indígenas.
Finalmente Alicia y yo entramos
en la tienda. No había
nadie más que él.
Di lo buenos días y un
hombre más alto que yo
elevó su cabeza por detrás
de un expositor de cristal.
Nos miramos a los ojos y, por
Dios, de inmediato comprendí
que él veía el
alma de las personas porque
sus ojos eran capaces de mantener
suspendido en el aire el silencio
para escuchar por dentro. Desprendían
tanto amor y una sabiduría
tan ancestral que fue, quizá,
el regalo más importante
en muchas días. Aún
no he olvidado la mirada de
Mario, silencioso porque su
discurso era interior.
Ese Hilo de Luz del cual escribía
al principio de esta oración,
que en el fondo es una invocación
para mantenerte vivo en mi corazón,
volvió a emerger en esa
tienda de Mérida. Tampoco
pasó desapercibido el
parecido entre las palabras
Mérida, marido, Mario
y María, o incluso Madre.
No, ¿cómo iban
a escapar a mi conciencia tus
sutiles señales? De vez
en cuando golpeas con suavidad
mi alma para decirme: “Que
siempre estoy contigo, tontorrón”.
Bueno, conmigo y con los demás,
porque sé bien que a
cada uno le regalas sus señales
con colores y tonos apropiados.
Tu creatividad es infinita.
Descubrí tanto jade en
la tienda de Mario que ahora
el problema era decidir si jade
oriental o jade maya. Vale,
lo tuve claro por pura lógica
al cabo de diez minutos: jade
maya. Dentro del jade maya,
cuál, ¿con formas
geométricas o incrustado
en figuras? ¿Y cuál
era el tamaño o la cantidad
apropiada según aquella
voz que me había hablado
en la consulta de Madrid, al
pie de la camilla, imponiendo
las manos sobre una persona
a la que no paraban de hablarme
sobre su vida?
Muchos miembros del grupo fuimos
coincidiendo en la tienda. Había
un aire vibrante dentro. Más
de una persona descubrió
que Mario tenía poderes
para recomendar qué tipo
de piedra necesitaba, si para
el primer chacra, si para los
miedos o las dudas, si para
clarificar la mente, si para
un problema de vesícula
o de riñón.
Hay
algo que no soporto: la indecisión.
Por eso siempre la soluciono
de la misma manera: me coloqué
al lado de mis compañeros,
junto al mostrador. Esperé
mi turno mientras observaba
cómo Mario introducía
unas pinzas largas dentro de
un bote de cristal con agua.
En el interior había
ópalos de fuego. Fui
a pronunciar su nombre cuando
antes de que saliera un sonido
de mi boca levantó la
cabeza para mirarme. “Dígame”,
me dijo. “Necesito jade
porque en una consulta que tengo
me lo han recomendado”.
Hice un descanso suponiendo
que él estaba escuchando
dentro de sí. “Lo
que usted me diga es válido
para mí”. Entonces
me preguntó: “¿Para
qué chacra?”. “Sinceramente,
no sé ni siquiera para
qué se lo pido”,
proseguí. Me miró
de nuevo con unos ojos acuosos,
y pronunció una palabra
que resonó tan hondamente
que no me dejó lugar
a dudas de que el mismo que
se comunicó semanas antes
en la consulta ahora le susurraba
a él para decidir. De
su boca salieron dos palabras:
“El emocional”.
Satisfacción… y
conexión son las palabras
que mejor definen ese instante.
Con ello, me sentí, además,
tan protegido como acompañado
por alguien que hasta el día
de Tulum no había desvelado.
Y todo ello gracias a la “nota
discordante” de Daniel,
como él se definió
equivocadamente y que los del
otro lado usaron para un propósito
más elevado, colocando
el punto sobre una “i”
que yo no quise o no pude ver
en aquel maravilloso encuentro
del grupo donde él reclamaba
no perder la referencia de algo
tan cercano a nosotros como
era Jesús, para mí
Yeshua.
Esa mano que yo había
sentido apoyada siempre en mi
hombro derecho era la suya.
Ahora Él le recomendaba
a Mario el tipo de jade para
protegerme. Al oír la
expresión “el emocional”
me sentí abrazado; otra
vez encajaron nuevas piezas.
Es cierto que mi chacra más
vulnerable es el tercero, el
emocional. No obstante es mi
trabajo más persistente
allí donde voy.
También comprendí
por qué siempre salía
de la consulta con un tono energético
muy alto, a pesar de trabajar
durante ocho o nueve horas algunos
días, y nada más
entrar en la boca del metro,
situada a solo cien metros del
edificio, comenzaba a desinflarme
como un flotador con forma de
pato. Incluso mi voz se debilitaba
tanto que me costaba trabajo
hablar.
Y, por supuesto, comprendí
cuántas amorosas ayudas
existen a mi alrededor, cuánto
me enseñan durante las
sesiones de Consejería
Espiritual. Algunas de esas
celestiales entidades son muy
reconocibles, incluso me cuesta
trabajo mantener sobre mí
su elevadísima vibración.
Pero siempre han permanecido
otras con un significado más
cercano. Una de ellas, mi principal
guía, me había
mostrado a través de
imágenes que mi chacra
tercero era el más vulnerable
de todos y que el aura herida
de muchos pacientes, así
como diversas suciedades o entidades
de baja frecuencia, lo tenían
muy fácil para penetrar
a través de mí
por ahí.
Mario se agachó y cogió
un maletín de plástico
blanco y translúcido,
con muchos compartimentos, como
esos que suelen venderse en
los grandes supermercados para
guardar tornillos y tuercas
de muchos tamaños diferentes.
En una de las casillas había
cuentas de jade que estaban
labradas de una manera curiosa.
Cada una de estas cuentas, mayores
que un garbanzo tenía
un verde esmeralda con betas
blanquecinas. Lo cogió
con unas pinzas y lo colocó
sobre el cristal del mostrador.
Todo el mundo estaba callado.
Le pedí que por favor
le atravesara un cordón
para convertirlo en un collar,
porque comprobé que la
cuenta de jade tenía
un agujero fino. Así
lo hizo y al cabo del rato le
pagué una cantidad módica.
Me despedí con un apretón
de manos, pero yo le agarré
su mano con las dos mías
y se la coloqué de manera
horizontal. Quería expresarle
así afecto y gratitud.
“Que Dios le bendiga,
Mario”, le dije. Él
me dio las gracias y bajó
la cabeza para seguir atendiendo
a los demás. No hablamos
del lugar que había aconsejado
a Amparo y a Maribella. Me di
cuenta al volverme y despedirme
del grupo. No hizo falta.
Al salir de la tienda volví
a escuchar la voz: “¿Es
que no vas a mirar la marca
de los zapatos que te has comprado?”.
Alicia llevaba una bolsa de
plástico. Al extraer
la caja y leer la marca me sonreí.
Otra vez el Hilo de Luz emergía
hasta la conciencia mundana
para escuchar cómo violines,
timbales y piano armonizaban
todos sus mensajes en uno solo:
“Estás fluyendo
magníficamente con la
melodía del Universo,
Pajarillo”. Así
era, aunque hasta ahora no había
descubierto que quien me hablaba
era Yeshua.
La marca estaba escrita en un
correcto inglés, “New
Balance”, que yo traduje
en correcto castellano: Nuevo
Equilibrio (o balance, ecuanimidad,
armonía). ¿No
es esto un regalo? ¿No
es esto estar conectado a la
vida? Volví a saborear
el rico universo que yace de
manera inmanente en nosotros
y que Tú sostienes con
tu sagrado aliento. Él
emerge cuando Tú lo consideras
preciso, con todo tu amor, con
toda la magnitud de la Consciencia
Divina. Ese cúmulo de
sincronicidades nos empujaba
a mi esposa y a mí por
una corriente de la que, por
más que quisiera salirme,
era imposible escapar. Y encima
llevaba a mi lado a Alicia,
con la carga de simbolismo que
ya de por sí posee su
propio nombre: “en el
país de las maravillas”.
Según contó Mario
a aquellas que se quedaron,
el lugar se llamaba Dzibilchaltún,
que significa “Lugar donde
hay escritura en las piedras”.
Era el centro energético
por excelencia del Yucatán.
Sus ruinas eran indígenas.
Decía que los budistas
que venían del Tíbet
a México iban hasta él
para meditar en un vórtice
energético. El centro
de energía estaba dibujado
en el croquis que le dibujó
una hora antes a Amparo y a
Maribella. Parece ser que estaba
situado a escasos metros de
la iglesia que aparecía
justo en el centro del complejo
de ruinas.
Dzibilchaltún, junto
con Uxmal y Chinchén
Itzá formaban un triángulo
bastante poderoso en el contexto
de esta península. Pero
el primero es el punto esencial
y centro energético del
Yucatán. “Debéis
ir allí”, le dijo
a Amparo el indígena
Mario.
Todos estábamos de acuerdo
en hacer ese viaje. Era un viaje
fuera de ruta y en sentido contrario
a donde debíamos dirigirnos
al día siguiente. Tenía,
pues, un inconveniente sobre
lo programado. Salíamos
para Cancún. Con lo cual
debíamos levantarnos
muy temprano para recorrer tres
cuarto de hora de carretera
hacia atrás, y luego
volver a realizar ese recorrido
con cuatro horas más
de viaje en autobús para
llegar hasta Cancún.
Ni siquiera el chófer
conocía el lugar, a pesar
de que había nacido en
Mérida. Tendría
sesenta años y un acento
que para mí recordaba
al cubano. Tampoco Eduardo,
el guía, a pesar de ser
licenciado en turismo con una
diplomatura y un master en cultura
mesoamericana, había
oído hablar de un lugar
semejante. De todas maneras,
él ya sabía que
para nosotros los sitios fuera
de programa eran más
interesantes.
Mientras viajábamos hasta
Chinchén Itzá,
primero el conductor y luego
Eduardo, hicieron dos llamadas
con sus móviles de empresa.
El conductor fue informado por
alguien, y una vez localizado
se lo contó a Eduardo,
a lo que éste llamó
a la agencia para preguntar
–y regatear- un precio
por el desvío de ruta.
No contaré en esta oración
abierta el viaje a Chinchén
Itzá de ese día,
ni la reunión que mantuvimos
por la noche en una de las habitaciones
del hotel. Eso lo dejo para
otra ocasión. Tampoco
narraré la tremenda experiencia
en el cenote. Aunque quizá
sea importante que en la reunión
estuviéramos veinticuatro
personas. Carmen habló
y predijo alguna catástrofe
en el mundo. Al día siguiente
ocurrió el terremoto
de Chile.
Llegamos a Dzibilchaltún
al cabo de tres cuartos de hora.
Habíamos calculado el
viaje para entrar justo a la
hora de apertura. De esta manera
aprovecharíamos mejor
el tiempo y regresaríamos
pronto para Cancún. Dos
señores nos vendieron
los boletos y por unas sendas
de gravilla impecablemente cuidada
caminamos hasta la entrada principal.
Me alegré en ese momento
de estrenar mis zapatos New
Balance para no soportar el
dolor bajo la planta de los
pies cuando caminábamos
hacia el control de la entrada
al recinto. Allí había
varias tiendas, una de regalos,
otra de comestibles y finalmente
otra de bebidas.
Nos llamó la atención
que el lugar estuviera tan exquisitamente
cuidado en sus jardines. Incluso
descubrí entre unas rocas
perfectamente localizadas focos
discretamente escondidos que
darían una iluminación
muy hermosa durante las noches.
Caminábamos
en silencio, escuchando solo
el sonido de los pasos de treinta
personas sobre la gravilla.
A continuación entramos
en una zona abierta. Frente
a mí descubrí
tres columnas gruesas de piedra,
asentadas sobre una base más
ancha. La altura alcanzaría
los tres metros de altura. En
ese momento me llegó
el pensamiento de que se trataban
de tres monolitos y, a continuación,
el pensamiento se hilvanó
hasta alcanzar la idea de que
en realidad eran agujas de acupuntura
terrestre.
Miré a la izquierda.
Según el plano que había
cogido en recepción,
identifiqué en la lejanía
un monumento llamado Casa de
las Siete Muñecas. A
través de su arco, el
sol asomaba con toda precisión
para señalar los dos
equinoccios, el de primavera
y el de otoño.
Lo cierto es que nada más
llegar localizamos la capilla,
más bien diría,
media capilla, porque sólo
estaba construida en la parte
de su altar. Carmencita se adelantó
a todos y localizó el
vórtice a través
del plano que llevaba Amparo
y que Mario le había
dibujado. Se hallaba a unos
treinta metros delante de la
iglesia, en una especie de ligera
hondonada.
Me
pareció bello observar
desde esa posición el
altar totalmente abierto. Comprendí
que la ceremonia ya no quedaba
encerrada entre unos muros gruesos
como son los de una ermita o
una catedral, que en esta ocasión
la voz del sacerdote resonaría
más allá del atrio
de entrada.
Sentí, Padre, que la
naturaleza estaba tan viva en
esos albores de la mañana
que el aire, los árboles
y el silencio parecían
sagrados. La observé
como quien descubre un galeón
en mitad de la selva, con el
sigilo de un colonizador que
ha descubierto un tesoro mayor
de lo que hubiera imaginado.
Miré mis zapatos nuevos
para caminar sin hacer ruido.
Me coloqué delante y
pensé en el corazón
de quienes habían construido
en mitad de aquel descampado
abierto una iglesia sin entrada.
Nadie pronunció una palabra.
Miraras a donde miraras solo
había alrededor árboles
de la selva.
¿Dónde
está el atrio de esta
iglesia?, me pregunté.
Un sereno reguero de preguntas
sobrevino hasta mi conciencia
al compás de la luz que
clareaba en la mañana.
¿Realmente no existe?
¿O se halla en el algún
punto de los confines del Universo?
Escuché la palabra Universo
y me resultó por primera
vez algo medible. No sé
por qué; no me lo preguntes.
En un lugar como aquel, Tierra
y Universo se daban la mano.
Era como si existiese una capilla
cuya ceremonia dedicásemos
al cosmos, o a la naturaleza
en su grado infinito.
Esas sensaciones no parecían
desencaminadas. Quizás
lo que viene a continuación
sea el motivo primordial por
el cual realizo esta oración
de gratitud. De nuevo, el Hilo
de Luz.
El Hilo de Luz con el cual ensartas
las cuentas que somos las almas
de tus hijos volvió a
emerger hasta en cuatro ocasiones
conscientes desde este momento.
En esta ocasión las señales
eran de otra índole,
como si el fractal describiese
un pétalo muy concreto
de su forma más general.
Me llamaron la atención
muchas cosas. De algunas fuí
consciente al instante, pero
de otras caí en la cuenta
bastante después. En
primer lugar, Paco observó
toda la ceremonia desde una
escalinata de Piedra situada
justo al oeste de nuestra posición.
Lo sentí en la distancia
como un anclador del grupo.
Por otro lado, Esperanza dijo
un día antes que si hacíamos
algo en Dzibilchaltún,
ella preferiría visitar
el conjunto de ruinas. Al fin
y al cabo es arqueóloga
e historiadora y la afición
va por dentro.
Pero algo debió intuir
en el momento de formar el círculo
delante del altar de la capilla,
que prefirió quedarse,
con lo cual comprendí
de nuevo cómo, cuando
tus designios están presentes,
tu enorme Voluntad abraza a
nuestras pequeñas voluntades.
Con estos movimientos de personas
–y otros que no vienen
al caso- entreví que
si Paco estaba fuera, si Esperanza
ya cogía de la mano a
dos personas en el círculo
y si Eduardo había decidido
sumarse al grupo, entonces formábamos
un número: veintinueve,
que suma once.
El
11 es el número maestro
que simboliza la maestría
y el crecimiento espiritual.
Su repetición a través
de señales, como llevaba
observando desde nuestra salida
de Madrid, representa la Manifestación
Divina y simboliza el despertar
espiritual del ser humano. Cuando
aparece, los humanos deben enfrentase
a los procesos de transformación
relacionados con asumir nuevas
actitudes individuales, a la
aceptación de un ego
que ya no debe controlar. Y
todo ello para asumir la unidad
con nuestros semejantes. Once
es un número muy importante
porque expresa un número
maestro y al mismo tiempo es
el número de una puerta
de Conexión. Nuestro
grupo era el grupo “La
Conexión” o grupo
“Redondo”, según
la agencia de viajes.
Carmen sacó de su bolso
un corazón de cristal
rojo. Era tan grande como su
puño y lo introdujo dentro
de un cuenco pequeño
color marrón oscuro.
Con su voz y su respiración
espesa, propia de los momentos
previos a una de sus conexiones,
dijo para mi sorpresa algo que
no sabía hasta ese momento.
Había llevado desde España
dos cosas, un corazón
y una bolsa peque con tierra
en su interior. El corazón
representaba, según nos
explicó, uno de sus rituales
de la época en la que
ella era una especie de sacerdotisa
maya y los extraía con
un cuchillo de obsidiana. La
tierra de la bolsa transparente,
para mi sorpresa, era del lugar
donde vivo en España.
Mientras enseñaba el
corazón rojo, filtrado
por la luz de la mañana,
se apresuró con su modestia
habitual a aceptar tanto aquellos
tiempos como los nuevos. De
alguna manera invitaba al permiso
y no al juicio. Sentí
que el corazón era ahora
el de la Madre Tierra, o si
me lo permites, el de la Humanidad,
que expuesto en el centro del
círculo quedaba sanado
y redimido de todas sus heridas.
Primero esparció la tierra
formando un círculo de
una cuarta de diámetro;
sobre ella depositó el
cuenco con el corazón
de cristal rojo. A continuación
realizó una mirada circular
para indicarnos a aquellos que
lo deseáramos que podíamos
colocar algún objeto
personal en un punto tan poderosamente
energético como aquel.
Nadie dudo en buscar un abalorio
o reliquia personal. Yo me descolgué
mi collar con una cuenta solitaria
de jade verde y blanco.
Pero al regresar de nuevo al
círculo sucedió
algo imprevisto. Un par de personas
expresaron con un tono de alarma
que alguien se acercaba hasta
el grupo de manera poco amigable.
Venía por el lado donde
Paco estaba sentado en la escalinata,
a mis espaldas, con lo cual
yo oí primero una voz
displicente.
Era un hombre mexicano, supuestamente
un vigilante. Nos conminó
que no colocásemos ofrendas
en el lugar. “Pueden orar
a quién quieran, pero
nada de ofrendas. Aquí
no”. Fernando le salió
al paso con argumentos racionales
y de evolución, pero
tanto Carmencita, alguna persona
más y yo le dijimos al
querido Fernando que se callase
y que todos cogiésemos
las “reliquias”
personales que habíamos
depositado en el centro. Entonces,
el hombre marchó en la
dirección de la capilla
hasta desaparecer por la senda
que comunicaba con la entrada
por donde accedimos al recinto
abierto.
Después de una corta
meditación, escuchando
el sonoro silencio sobre nuestra
alma, oliendo cómo el
aroma de la mañana fresca
impregnaba el lugar, una voz
-¿Tu voz?- salió
por mi boca y con gran aplomo
le dije de nuevo a Carmencita:
“Carmen, coge el corazón
y colócalo en el centro”.
Ella me miró el alma
y supo que la voz no provenía
de ningún soberbio, comprendió
que el guarda había venido
sólo para eso, para “señalar”
que allí lo único
que debía permanecer
como ofrenda era el corazón,
el de cristal, el que representaba
al corazón del grupo,
el de la humanidad y quizá
el del universo. Un corazón
que en el pasado ella había
extraído desde su propia
creencia como ritual con una
afilada hoja de obsidiana y
ahora lo ofrecía de nuevo
para llevar a cabo su ofrenda
a la Madre Tierra.
“Debes
danzar”, escuché
dentro de mi mente. Sin dudarlo
di un paso al frente. La conexión
era perfecta en ese momento.
Uní por detrás
de mi cintura las manos de dos
mujeres a las que yo tomaba
en ese momento para que el círculo
no se rompiera. Cuando ya estaba
dentro le pedí permiso
a Carmen para que me permitiera
llevar a cabo una danza. Solo
le dije: “Carmen, debo
hacer algo”. Ella me miró
y asintió con lentitud.
Fernando también comenzó
a tocar la flauta dentro del
círculo y percibí
que en aquella mañana
fresca de Dzibilchaltún
mi alma permanecía extrañamente
vibrante. La flauta sonaba de
manera simultánea en
mí, en otra dimensión
y hasta en los confines del
Universo. No sabría explicártelo
mejor porque no era una melodía
para nadie, sino para el Uno
que constituimos todos, incluidos
nuestra misión, la naturaleza
y los planetas. Las notas de
su flauta resonaron con mi cuerpo,
también las sentí
tocando el alma del grupo. Sentí
como la partitura sobre la cual
se plasmaban era el sagrado
silencio que vivíamos
a esas horas. Percibí
la sensación de que era
la flauta de Krishna que había
venido para despertarnos a todos
y decirnos: “Levantaos,
que ya llegó la hora
de saber quienes sois”.
Mi cuerpo comenzó a danzar.
Mis brazos se estiraban hacia
fuera y de manera armoniosa
giraban por encima de mi cabeza.
Los dedos se alargaban. Parecían
crecer más allá
de su longitud habitual. Todo
el cuerpo entró en movimiento.
Mi cabeza y mis piernas se coordinaban
al ritmo de la flauta. La danza
se ejecutaba para cada hermano,
como si uno por uno marcase
el compás. A veces era
lenta y a veces tremendamente
rápida, con fuertes giros
de mi brazo derecho sobre mi
cabeza.
En estos momentos, como humano
se me concedió el regalo
de saborear de manera íntima
la comprensión de la
conciencia del ser que bailaba
a través de mí.
Eso me permitió tener
una visión muy profunda
de la persona que había
delante, de su camino y de las
energías que lo empujan,
de sus miedos y de los dones.
Como Te digo, algo entró
en mí para trabajar aspectos
espirituales y energéticos
de cada persona, como el desbloqueo
de chacras, o la apertura de
ciertos puntos situados a la
altura de los omóplatos
para que, según deducía,
las alas del ángel comenzaran
a desplegarse a partir de ese
instante. Disfruté abrazando
mientras una corriente de amor
provocaba que algunas lágrimas
de amor recorrieran mis mejillas,
aunque sintiera, por otro lado,
la más reverente serenidad
en mi rostro.
De vez en cuando, la frase “romper
los sellos” venía
a mi mente. Sucedía cuando
chasqueaba, en la espalda de
cada uno y cada una, los dedos
para romper una especie de anclajes
energéticos que impedían
al ángel desplegar esas
alas etéricas que todos
tenemos. Otras frases diferentes
se escuchaban cuando bailaba
delante de alguno o de alguna.
Yo sabía que la mente
de ellos no las escuchaban,
pero cuando las oía dentro
de mí, comprendía
que era para que el alma de
cada uno las sintiera: “Levántate
y vuela, que ya llegó
la hora”.
Otras veces, ese algo que parecía
vibrar como arcángel
acariciaba el cabello y el rostro
de la persona a la vez que sus
alas de luz. Usaba mis manos
como si fueran las suyas. Yo
envolvía a la persona
dentro de una espiral de alas
y gozo que sentía en
el corazón de mi alma
como el mejor premio jamás
concebido.
El momento más emotivo
para mi parte humana llegó
cuando me coloqué delante
de Alicia. El arcángel
la miró con Amor. Mi
conciencia humana no pudo sustraerse;
tampoco pudo evitar la comparación
con el resto de los compañeros
a los que ya había visto
su alma. Dos lágrimas
gordas brotaron de mis ojos,
mientras le sonreía.
La sentí con algo de
miedo y también un poco
desconcertada porque jamás
me había visto en este
nuevo papel, a pesar de que
llevásemos juntos veintitrés
años. Ya se lo había
advertido tres años antes:
“Algún día
me verás y te resultaré
extraño, yo diría
que casi cínico”.
Pero ahora su alma me decía
lo siguiente: “Reconozco
que se trata de algo definitivo,
así que haz lo que debes”.
Avancé hasta ella con
solo tres pasos y me puse cara
a cara mientras nos mirábamos
a los ojos. Ella veía
otra mirada en mí. Cuando
la abracé, envolviéndola
con una luz nacarada, sentí
a otra Alicia muy diferente
a la que abrazo como hombre.
Era un ángel que me había
acompañado de manera
voluntaria como viajera en el
tiempo, unas veces con un traje
de carne y otras con un traje
de luz, como espíritu
desencarnado, da lo mismo. Comprendí
en ese instante qué significa
que un espíritu se haya
dividido en dos para ocupar
dos cuerpos diferentes; comprendí
qué significaba ser alma
gemela.
Mucho más. Entendí
su trabajo en relación
a sí misma y en relación
al mío. Por lo visto
estaba llegando al final de
su olvido para desplegar unas
alas con una envergadura considerable,
de por lo menos cuatro metros
de distancia. Ahora había
imágenes que venían
a corroborar esta certeza, algunas
tenía muchos años,
como la del número considerable
de personas, sobre todo amigos,
que nos habían asociado
como hermanos. Con razón…
Debo confesarte que alguien
me dijo hacía poco que
ella volaría más
alto que yo. No entendí.
Me pareció una comparación
más de la mente. Alicia
siempre ha volado al menos más
en la Tierra. Para mí,
en mi escala de valores, el
volar como un ángel no
es desarrollar más conocimiento,
ni siquiera poderes paranormales.
Volar como un ángel es
asumir la dignidad de llevar
a cabo el papel correspondiente
a cada etapa de la vida. Muchas
personas se quedan estancadas
en etapas anteriores por el
mero hecho de no aceptar.
En el caso de Alicia, su conexión
con los que le rodean ya es
una evolución más
alta que la mía y que
la de cualquiera. Y ella, “la
del país de las maravillas”,
cuando se me permitió
verla con ojos de ángel,
expresó la grandeza de
su luz a través de la
humildad. Ni su conocimiento,
ni capacidades sobrenaturales,
ni más nada. Ella posee
lo que más necesita la
humanidad en este momento: aceptación.
Su exquisito papel había
sido saber manejar con maestría
la tensión del hilo y
los giros de la cometa que yo
representaba. Desde lo profundo
del ser hace falta una altura
difícil de encontrar
en cualquier rincón de
nuestros grupos de aprendizaje.
No, mi vara de medir no es ni
la clarividencia, ni el conocimiento,
ni la telepatía; mi vara
de medir a los demás
siempre será aquello
que filtre el corazón.
Con esa medida estaba en Dzibilchaltún,
observando a Alicia con los
ojos prestados del arcángel.
Entonces, Fernando vino hasta
nosotros y acercó el
extremo de su flauta al pecho
de ella. Desde mi posición
entendí su papel. Realizó
sonidos parecidos al trino de
un pájaro entre otros
que parecían provenir
de un reino olvidado.
Fernando era parte indivisible
de la situación. Era
como decir: “Sin esta
melodía sagrada no se
puede danzar por los mundos
del Universo”. Recordé
de nuevo a Krishna tocando su
flauta por las noches en el
bosque, o danzando por los universos.
Mi mente había trascendido
la limitación de ver
solo un simple trabajo energético
de chacras, sanación
y despertar con cada uno de
mis hermanos y hermanas. Ahora
sí vislumbro cómo
tus trabajos son simultáneos,
donde cada uno comprende y discierne
aquello que puede dilucidar
desde su posición.
Lo
más llamativo de ese
momento -quizá sea el
motivo fundamental por el cual
escriba esta oración
de gratitud- fue una extraña
sensación. La danza la
habré llevado a cabo
al menos en cinco ocasiones
durante los dos últimos
años, pero esta vez los
giros de mis brazos servían
para favorecer el movimiento
circular de algo colosal cuyas
dimensiones carecían
de medidas terrestres. Mi movimiento
parecía impulsar algo
mayor.
También había
sido consciente de que trabajos
semejantes se practicaban en
esos días por todo el
planeta. No sé si en
ellos el danzante era la entidad
que se me repetía una
y otra vez. La palabra Arcángel
Miguel sonaba muchas veces.
Tu
Hilo Sagrado de Luz aún
emerge de vez en cuando para
manifestarse con puntadas de
colores. Allí sucedió
algo, en aquel vórtice
que Mario, el indígena,
nos había señalado
el día anterior en su
tienda de piedras de jade, de
ópalos de fuego y de
obsidiana. Allí, donde
según él, los
monjes budistas a su llegada
a México se dirigían
para meditar durante unos días,
antes de llevar a cabo un trabajo
energético. Amado Dios
de los Universos, amado Dios
de la Unidad Suprema, colocas
frente a mí piezas pequeñitas
de comprensión que solo
son fragmentos de una verdad
más inmensa de lo que
mi mente pueda albergar, donde
ya no sé si soy pequeñito
o tan grande como lo que intuyo.
Todavía procuro asimilar
lo que me has mostrado. Lo honro
y lo reverencio para guardar
un profundo silencio de Unión
y escuchar la melodía
de la flauta de Fernando que
tú soplas y la danza
de José María
que tú bailas. Ahora
sé que la haces resonar
en cada esquina del universo
para convertirlo en lo que ya
es: algo sagrado. Te agradezco
y te entrego mi corazón
por haberme sanado con este
descubrimiento de algo muy extraño
que lleva sucediéndome
desde hace décadas. Es
la primera vez que te lo expreso.
Deseo que el universo entero
lo sepa.
Nunca me produjo miedo la muerte,
ni siquiera tuve angustia cuando
pensaba en si existiría
algo o no al otro lado. Siempre
he sentido que ella no es más
que un desplazamiento de la
vida. Nunca me preocupó
la pérdida definitiva
de la conciencia tras el fallecimiento
humano. Lo que siempre me ha
provocado desasosiego, angustia
y hasta una terrible ansiedad
fue algo que has curado a través
de este viaje iniciático.
Desde que llegó esta
noticia a la vuelta, a través
de Carmencita, ha sido como
un bendito regalo tuyo. Toda
esa enfermedad del alma ha desaparecido.
Conceptos como infinito y eterno
siempre me habían creado
ataques de ansiedad. No eran
continuos, pero cada año
me sucedían una o dos
veces si pensaba en ellos, a
pesar de que la voz de tus guías
siempre me ha repetido: “Todo
es mucho más hermoso
de lo que jamás pudiera
imaginar tu mente”. Ahora
ya no necesito entenderlo; ahora
sé que lo que me has
venido mostrando a lo largo
de estos días, representa
mi propia reconciliación
con esos terribles conceptos
para una mente que se empeña
en limitarlo todo. Cuando se
topa con ellos se desborda hasta
el colapso, cayendo en un abismo
de difícil narración.
En Dzibilchaltún terminamos
abrazándonos para desplegar
nuestras alas de amor alrededor
de cada hermano, y nos fuimos
con paz al cenote. La mayoría
sentíamos la unidad atravesándonos
como si fuésemos perlas
de un collar que poco a poco
iba cerrándose. Solo
quien no soportaba esa unidad
veía separación
y se enfrentaba a sí
mismo. Así que el Cenote
fue un motivo de celebración.
No sé en qué momento
Eduardo me contó algo
que fue la llave que comenzó
a abrir una puerta de grandes
dimensiones en mí. Dijo
que durante la ceremonia había
visto “cosas”. Le
pregunté por los detalles
y me describió un repertorio
más o menos extenso de
visiones muy llamativas. Solo
me interesó que había
visto dos torbellinos rojos
superpuestos girando a gran
velocidad, uno que ascendía
y otro que descendía,
como si fueran un diábolo
vertical, dos conos que se tocaban
en sus vértices a cierta
altura del suelo.
Me acordé de la danza
en la cual yo giraba mis brazos
con enorme intensidad desde
el centro del círculo.
Pensé que quizá
la sensación de resistencia
fuera el impulso que a través
de mí se imprimía
para que los conos invertidos
giraran al unísono. Al
fin y al cabo, tanto Fernando
como yo no hacíamos más
que avanzar en el mismo sentido,
pero en extremos opuestos del
interior.
Más tarde, Carmen también
me contó que había
visto en el centro del grupo
dos conos superpuestos, es decir
unidos a sus vértices,
aunque no eran rojos. Tenían
un brillo blanquecino y creo
que me dijo que giraban.
Hasta ese momento no había
caído en la cuenta de
que yo también tenía
mi experiencia con otros conos.
Los había presenciado
nada menos que once meses atrás,
en un paraje cercano al lugar
donde vivo.
Debo reconocer que no entiendo
nada de geometría sagrada.
Pero fue por abril cuando visité
un lugar para llevar a cabo
la elaboración de un
elixir relacionado con los chacras
superiores, es decir, esos que
están por encima del
séptimo. Allí
visualicé con total nitidez
dos conos unidos por sus vértices.
Ahora, en Dzibilchaltún,
no había caído
en la cuenta de que por tres
veces consecutivas aparecía
esta extraña configuración
de formas geométricas,
bien por referencias, bien por
el recuerdo de aquel lugar cercano
a donde vivo. Tres veces la
misma visión es una llamada
de atención más
que evidente del otro lado.
Y quedaba la cuarta, la definitiva,
la sorprendente y cautivadora
aparición de los dos
conos en el vídeo que
envío Carmen hace muy
pocos días.
Aunque primero quisiera continuar
con los míos. He rescatado
la canalización escrita
donde presencié este
fenómeno aquel día
de abril a las catorce treinta
de la tarde, como consta en
mi cuaderno. Al leerla me he
dado cuenta de lo interconectado
que permanece todo y de lo importantes
que son en estos momentos nuestros
movimientos espirituales.
Esta es la transcripción
literal que llevé a cabo
después de aquel día
de abril a las catorce treinta
de la tarde, en un paraje situado
a tres kilómetros de
la casa. La hice media hora
después de haber visto
lo sucedido.
“Ya
estoy en el lugar que he visualizado
antes de salir de la fuente
de la Dama. Al llegar he intuido
una poderosa energía
que me hacía vibrar el
cuerpo, sobre todo, un escalofrío
recorría la columna.
He colocado la copa en el centro
del vórtice, después
de marcar con piedras la 2ª
octava o espiral del vórtice.
En esta ocasión no veo
a seres rodeando la copa como
en la primera ocasión.
Veo una imagen que se va enriqueciendo
a medida que escribo esto.
Antes se me ha dicho que tampoco
estuviese cerca de la copa,
que me retirase más allá
de la 2ª octava del vórtice.
Cuando he observado lo que sucedía,
al principio, he visto un haz
de luz -¿columna?- que
atravesaba la copa, de unos
quince centímetros de
grosor.
Luego he visto cómo el
punto donde se hallaba la copa
estaba conectado de alguna manera
por cuatro hilos de luz que
forman una cruz, hacia la Quiana,
hacia el Castro celta, -que
está bastante cerca y
que se presupone tenía
un fin ceremonial (no obstante
en sus inmediaciones existe
una cueva que he investigado.
He descubierto que hay una poderosa
chimenea cosmotelúrica
y que dicha cueva lleva por
nombre del Moro, nombre que
no proviene de los nacidos en
Marruecos, sino de Mouro, especie
de ser, guardián de lugares
secretos, cuevas o de culto
espiritual, particularmente
los relacionados con las energías
de la Madre Tierra)-. En realidad,
todas las direcciones quedan
marcadas o señaladas
desde este punto por los haces
de luz: arriba-abajo, derecha-izquierda,
al frente-atrás.
A continuación he visto
un ser (¿?), una energía
muy sutil que giraba alrededor
en forma de espiral y que parecía
provenir de dimensiones superiores,
quizá quinta o séptima,
hasta que ha formado un cono
invertido de luz, cuyo vértice
toca la base de la copa situada
en el suelo y cuya base circular
se halla a dos metros de altura.
Ah, he visto más cosas,
pero he comprobado en más
de una ocasión que cuando
regresas a una consciencia normal,
la memoria física no
retiene esta información
con facilidad. Todo se queda
en apreciaciones vagas, por
eso me apresuro a describir
esto.
Sí recuerdo haber visto
bolas de luz girando alrededor
de un centro –el de la
copa- y con un radio de giro
importante. En ese momento se
ha levantado una brisa de viento,
luego ha cesado y han aparecido
varias mariposas revoloteando
por encima de mí.
Pero me gustaría recibir
respuesta, alguna explicación
canalizada de estas sorprendentes
y bellas visiones. Intuyo que
ya lo sé, que siempre
lo he guardado en mi interior,
desde la noche de los tiempos,
cuando llegué por primera
vez a este planeta de Amor.
(Contestación) Paz y
Amor para ti. Desde la noche
de los tiempos guardas en tu
Esencia la guía que te
permitió modular energías
para fines concretos, como los
que llevas a cabo ahora.
A veces, el dolor es la consecuencia
de no poder expresar los verdaderos
dones, las cualidades y maestrías
que un ser posee y que necesita
transmitir. El empuje de esos
dones hace mucho daño
en los cuerpos mental, emocional,
etéreo y físico.
Hasta que por fin, el individuo
se rinde a su propio control
y permite que traspase algo
nuevo a través de su
consciencia humana. Ello representa
la Liberación, el poder
de crear a voluntad.
El ser que has visto danzar,
en realidad, eres tú,
tu propia Esencia (en este momento
varios pájaros canturrean
cerca de donde me hallo), desplazada
del cuerpo-alma para hacer su
trabajo, el que antaño
hizo aquí, y en otros
mundos.
Se te ha dicho que te retiraras
del punto central. Tú
mente ha creído que se
trataba de evitar una amenaza,
que podrías recibir una
vibración perjudicial
para ti. Así es la mente.
En realidad, se te ha transmitido
esto para que percibieras en
la distancia –unos treinta
metros- la coreografía
de una danza cósmica.
En la paradoja en la que os
hayáis envueltos los
humanos resulta que eres tú
mismo el artífice de
semejante escultura-modulación
de luz. Ya ves, tu mente va
por un lado y tu Esencia, por
otro.
Pero has visto solo una parte.
Del vértice del cono
invertido nacía otro
vértice de cono hacia
abajo. Se han cortado los haces
de luz de “todas las direcciones”
y en ese momento tu Esencia,
danzando alrededor de los conos,
ha dado un toque de Voluntad
Creadora para modificar la vibración
de los conos, otorgando un color
que no has visto bien y una
frecuencia en el agua de la
copa que repelerá, transformará
o disolverá cualquier
energía negativa que
haya llevado enganchada cualquier
persona durante gran parte de
su vida.”
Esta es una parte pequeña
de la transcripción que
aquel día de abril llevé
a cabo.
Finalizo ya esta larga oración,
divino pastor de los universos,
amado padre cuya esencia toca
todos los rincones inescrutables
del cosmos. Y te lo cuento para
que esto lo retenga esa memoria
tan pobre que tenemos los humanos
y en muy poco tiempo terminará
por disolverse en la Tuya. Te
pido que me lo recuerdes en
cada instante de la eternidad.
Allá donde esté
o resida.
Habíamos regresado de
México cuando yo estaba
en Madrid hablando con Alicia
desde el fijo de la casa de
Chiqui, que es donde suelo vivir
cuando viajo para asistir en
la consulta de la capital. Sonó
también mi móvil
(celular en México).
Comprobé que en la pantalla
aparecía el nombre de
Carmencita y me pareció
una bonita sincronicidad que
mientras hablaba con Alicia
llamase justo en ese instante
Carmen. Sin dejar de hablar
con Alicia, se lo referí
a ella por el móvil,
con la intención de convertirme
en el puente de ambas. Pero
noté que esta permanecía
impactada por algo, como si
estuviera afectada por una noticia
vital. Así que le pregunté
si le decía a Alicia
que la llamara en otro momento.
“Sí, por favor,
es importante lo que debo decirte”.
Me desconcertó su respuesta
porque ella es modesta hasta
unos límites a veces
sorprendentes. Con lo cual,
deduje que algo estaba sucediendo.
Me refirió que había
mandado a todos los miembros
del viaje a México un
vídeo a través
del correo electrónico.
Su voz sonaba como un susurro
nítido.
Relataba que había recibido
un correo esa misma mañana
con un enlace a Youtube. En
él se me mostraría
un breve documental del observatorio
astronómico de Nuevo
México (me recordó
que ese estado de USA se convertía
en nuestro caso en una frase
con un nuevo significado para
los que asistimos allí.
Es decir, a partir de nuestro
viaje deberíamos comprender
que hay en nosotros, tal vez
allí, un nuevo México).
Este observatorio del estado
norteamericano había
confeccionado el primer mapa
del Universo teniendo en cuenta
un estudio concienzudo, con
ordenadores y lentes de última
generación. Me dijo que
no me contaría nada hasta
que lo comprobase por mí
mismo.
Hice clic en el enlace adjunto
del correo. Se abrió
la interfaz de Youtube y en
ella aparecía un vídeo.
Comenzaron a desfilar de manera
pausada los créditos
en letra blanca y bajo un fondo
negro. Al principio no se escuchaba
voz alguna. Solo aparecían
unos comentarios en la parte
superior donde se describía
en qué posición
del universo se iba situando
una cámara que iniciaba
su vuelo desde la cima del monte
Everest. Ese extraordinario
travelling se iba alejando de
la Tierra a medida que los titulares
de la parte superior explicaban
en qué contexto astronómico
se hallaba la cámara.
Las distancias cada vez fueron
más grandes.
Aunque ya había visto
películas semejantes,
como el principio y el final
de la extraordinaria película
Contact, protagonizada por la
actriz Judie Foster, en esta
ocasión la escena llegaba
a los confines de ese primer
mapa.
Y he aquí la cuarta vez
que Tu Hilo de Luz me mostraba
dos conos con la forma de un
diábolo donde el centro
de ese Universo era una Tierra
que había desaparecido
como consecuencia de la enorme
distancia, nuestra amada Tierra,
aunque yo pensé con algo
de modestia que ese centro más
bien podría ser la desaparecida
en la lejanía Vía
Láctea, cuyo tamaño,
solo imagino, por decir algo,
sería comparable a un
átomo en medio de un
punto central de todas las aguas
formadas por los océanos
del mundo. Sigo imaginando y
supongo que esta vasta superficie
hasta podría quedar pequeña
en relación a las espectaculares
imágenes.
Escribo debajo el texto anónimo
que venia escrito en el adjunto.
“Hace
apenas unas semanas, el Museo
Americano de Historia Natural
colgó en la red este
espectacular vídeo, una
reconstrucción informática
que muestra un "viaje"
desde la superficie de la Tierra
hasta los límites del
universo conocido.
Desde su publicación,
casi dos millones de personas
lo han visto ya en la web del
museo, pero en España
este excepcional trabajo sigue
siendo prácticamente
desconocido.
Lo que hace que este vídeo
sea único y diferente
a la mayoría de los que
se han hecho hasta ahora es
que todo lo que en él
aparece está basado en
datos reales. Es decir, que
no se trata de un vídeo
"artístico"
realizado según simples
criterios estéticos,
sino de una auténtica
reconstrucción, pieza
a pieza, de todo lo que sabemos
sobre el universo en que vivimos.
Todo, desde las trayectorias
de los satélites que
orbitan la Tierra, hasta la
posición de todas las
estrellas, galaxias o lejanísimos
quasares, está basado
exactamente en los datos que
tenemos sobre cada uno de esos
objetos. O para ser más
precisos, en los datos del Sloan
Digital Sky Survey, que componen
la que quizá sea la visión
más completa del universo
de que disponemos hasta el momento.
A pesar de todo, y debido a
la posición geográfica
en la que se encuentra el telescopio
de dos metros y medio del Apache
Point Observatory, en Nuevo
México, que es el que
utiliza el Sloan Digital Sky
Survey, existen zonas "oscuras",
es decir, áreas del universo
que el telescopio, físicamente,
no puede observar. Por eso,
en el vídeo, la distribución
de las galaxias observadas tiene
la forma de dos conos
unidos por la punta (el punto
de unión es la Tierra),
y el resto aparece en negro.
En total, el trabajo comprende
casi un millón de galaxias
y más de 120.000 quasares.
El viaje, que comienza en el
Himalaya, termina en el límite
mismo de lo que podemos observar
con los instrumentos más
potentes de que disponemos,
los ecos del Big Bang, a 13.700
millones de años luz
de distancia, y sirve para que
todos nos demos cuenta, de una
forma directa y visual, de lo
insignificantemente pequeño
que es nuestro mundo, incluso
nuestra galaxia, si se compara
con todo lo que hay "ahí
fuera"...”
Amado Dios, aquí escucho
el clic de ese broche cuyo eco
también resuena en los
confines. El sagrado Hilo de
Luz cierra cada uno de sus extremos
en este punto de la eternidad
que emana mi corazón.
Reconozco que después
de estas reverberaciones de
conocimiento, las sincronicidades
perdurarán, porque, como
bien me has dicho, el fractal
continúa propagándose
hasta el infinito con sus formas
de belleza repetida.
Es verdad que ahora, cuando
observo cada cono, no dejo de
encontrar enormes asociaciones
de piezas que estaban sueltas:
como es arriba es abajo; polaridad
positiva y negativa; universo
masculino y femenino; ying y
yang; cielo e infierno…
en fin, polaridades que debo
trascender en ese punto de unión
que son los vértices
de las figuras para invocar
al Uno, y que quizá sea
la esfera que aparece en las
imágenes del vídeo,
la cual incluye a ambos conos.
Tal vez ella represente la Unidad
que abraza a la diversidad…
yo diría, más
bien, a la complementariedad.
Al otro lado del teléfono
permanecía Carmen. Entonces,
mientras ambos observábamos
en nuestros respectivos ordenadores
el vídeo con las inconmensurables
distancias, ella exclamó
para sí: “Dios
mío, qué pequeños
somos”.
Pero yo,
aunque no se lo dije, sentí
algo muy diferente. Una voz
nítida como hacía
tiempo no escuchaba dentro de
mí dijo: “Al contrario,
unos seres que ocupan esa posición
en el Universo de dos conos
no pueden ser pequeños,
sino enormemente grandes para
nosotros”.
Y un trocito
de Hilo de Luz juntó
sus extremos para hacer un clic
de Amor.
Gracias,
mi amado Dios, que todo lo sostienes.
Josemaría
Garzón Ríos.
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