Mágico México


Kabah, en el Yucatán.

Ni siquiera el rígido programa turístico pudo con la Voluntad de Dios. Lo intuí cuando al segundo día aprecié la vibración del alma de Eduardo, un guía turístico de la etnia zapoteca. Carmencita, por un lado, y yo, más tarde, le transmitimos idénticos mensajes. Creo que lo importante para él no era el contenido, sino la señal inequívoca de que debía dejar un tipo de guía para dedicarse a otro.

Él hizo de baquiano del grupo. Tiene ese arte de señalar lo propicio. Y hasta me regaló el pase a un lugar más allá de esta realidad.

Al tercer día ya hablaba en primera persona del plural cuando mencionaba a los sacerdotes de Uxmal: “Nosotros adorábamos al pie de la pirámide…”, dijo. Algunos sonreíamos y nos mirábamos de reojo con estas expresiones suyas porque vislumbrábamos lo sumergido que estaba en la historia. Hablaba con tanta pasión que era como traer el pasado hasta nuestro presente. De esta manera, lo vivíamos.

Poco a poco comprendí que él no llamaba a las puertas para entrar en mi recinto sagrado, sino que llamaba desde dentro de otro espacio para indicarme diferentes mensajes… aunque su mente siguiera en mitad de ese sincretismo fecundo que une lo católico de la Virgen de Guadalupe con las grandes ciudades de Teotihuacán o Chinchen Itza. ¡Qué bonita fue su reacción en la rueda de hermanos de Tulum cuando confesó que tenía claro su camino de fe a pesar de las múltiples señales que durante años lo invitaban a un cambio radical en su profesión! En el fondo estaba luchando consigo mismo, como sucede a cualquiera que se encuentre en los límites de la rendición. Por ello se aferró a un palo ardiendo cuando Daniel y Esperanza hicieron su defensa de la tradición. Y dijo: “Este es mi camino… no vaya a ser que se me enfaden…(se refería a los del otro lado) ”. No vio su porvenir tan claro como lo adivinamos hasta tres personas del grupo en tiempos y espacios diferentes del viaje. Las señales para él eran abrumadoras, aunque nos las quisiera reconocer.

Hasta llegó a confesarme días después que un grupo de italianos con una orientación semejante al nuestro lo llamaban desde hace años. Para colmo, en la rueda de Tulum le transmití que su camino de guía llegaba al final de una etapa para hacer honor al linaje al que pertenece y que se remonta hasta un pasado bíblico. Debía ser guía, pero con un tono diferente para enseñar luces superiores. A título personal, me pregunto ¿quién ha estado fuera del camino? Puede que nos haya confundido nuestra forma de mirar, se haya sobrepuesto una u otra cultura, pero nuestros pies siempre han pisado la senda de nuestra misión.

Habíamos estado por la mañana en Uxmal. Allí meditamos al lado de la pirámide del Adivino porque Cita, una méxicana que no conozco en persona, pero con la que mantuve una larga charla telefónica en el hotel Casa Blanca (otra señal) para ver si podríamos vernos nos había recomendado. Cuando Eduardo terminó sus explicaciones yo me perdí por la parte trasera de la Casa del Gobernador, al lado del juego de la pelota. Caminé entre los árboles y la maleza para descubrir a cada paso cuánto quedaba por desentrañar de la vieja ciudad maya: pirámides en ruinas y recintos con muros rotos permanecían dormidos entre la vegetación, mientras las iguanas, de vez en cuando, me sobresaltaban porque parecían nacer de mis pies.

Después de recorrer una senda estrecha encontré una piedra plana de gran tamaño entre la umbría y un calor de bochorno. En realidad necesitaba silencio para escuchar, para despertar las piedras dormidas y que me hablaran.

Sentado bajo un pirú frondoso observé los habitáculos desfondados de viviendas vacías. Poco a poco comencé a sentir otro nivel. Era un eco apagado de una historia diferente que emanaba de los sillares, algunos firmemente enclavados a su base, en los muros gruesos de fachadas interminables que habían sido rotos en algunos tramos por la fuerza todopoderosa de raíces y troncos. Y lo que escuché con otros oídos era, aunque tenue, más hermoso y profundo que el juego de la pelota y que las decapitaciones del ganador. Esto era el declive de una estela cultural, no era la esencia con la cual nació semejante emporio.

Palabras como Venus, dioses y ciudades de luz giraban alrededor de mi cabeza, pero no encontraba un hilo que las conectara. Así estuve durante una hora y media, sentado en aquella piedra y donde cada sonido de hojarasca me tensaba los músculos por el temor infundado a que una iguana se arrojara al cuello. Después retrocedí con múltiples visiones. Fueron diluyéndose en la conciencia a medida que regresaba a la entrada de Uxmal para montar en el autobús e ir a almorzar, como decimos en Andalucía.

Por la tarde, con las brumas de la siesta en mis ojos, viajamos hasta la parte trasera de Uxmal, donde existen otras ruinas, las de Kabah. Eduardo aconsejó que antes de entrar en las ruinas, recorriésemos un camino en la lado opuesto a la carretera y frente a la entrada principal de las ruinas. Según él, no era turístico, ni siquiera estaba en el plan de ruta del grupo pero, como ya había sintonizado con el alma de todos nosotros, creía que debíamos visitarlo. Según sus informaciones era el sagrado camino que unía las dos ciudades, la de Kabah y la de Uxmal, un lugar solitario en mitad del bosque.

Eduardo decía que por las noches se comentaba que se iluminaba el suelo. Lo cierto es que el camino se mostraba sereno y tranquilo con el verde de los árboles, sobre todo el pirú. Comencé a caminar el primero del grupo.

Al cabo de trescientos metros de pasos silenciosos y arenosos por la tierra clara del suelo, emergió delante de nosotros un solitario arco maya sustentado sobre una base de piedra. Llamaba la atención porque se elevaba sobre el suelo con escaleras por delante y escaleras al otro lado. No había más construcción en medio del camino que él. Cuando lo divisamos, Eduardo lo nombró como “Puerta del Cielo”–según sus investigaciones de la tradición maya–. “Caramba, ¡Puerta del Cielo!”, pensé. Carmencita y yo no tardamos ni dos segundos en pensar que podría tratarse de una puerta interdimensional. Más tarde Carmencita sugirió que quizá fuera necesario visitarlo de noche. Pero la entrada, cerca de la carretera asfaltada, estaba vallada por una cancela enorme y una tela metálica bastante alta.

Veintinueve de nosotros atravesamos el arco. Menos yo. Por eso escuché dentro de mi una voz que me preguntaba: “¿Eres el único que no lo vas a atravesar?” Entonces di un rodeo al muro izquierdo esquivando un par de iguanas y lo crucé en solitario para sentarme en el primer escalón del otro lado, junto a algunos de mis compañeros porque hacia calor y bochorno.

Mientras los demás permanecían escrutando con sus cámaras digitales la plataforma, el arco o aprovechaban la sombra de la Puerta del Cielo, una voluntad familiar me empujó a bajar los escalones -creo que eran ocho- para caminar por la senda que continuaba al otro lado del arco, visiblemente más baja que la parte anterior del mismo. Unos metros más allá, Eduardo me llamó para preguntarme si me parecía bien que el grupo regresara con la intención de comenzar la visita a Kabah. Todos esperaron mi respuesta y le dije un sí con dudas porque de lo único que estaba seguro es que yo deseaba continuar caminando hacia el fondo la senda.

Desaparecieron y nos quedamos cuatro personas; dos personas, en el arco, una a cada lado de los pilares fundamentales de la Puerta del Cielo, así como Carmencita y yo.

Nada más bajé la escalinata, supe que el lugar había cambiado. Percibí esa sensación de otras veces, una extraña atemporalidad seguida de ligereza mental y corporal. Comprendí que había entrado en un espacio-tiempo diferente. Al poco llegó Carmencita detrás de mí y con su respiración fragorosa supe que no era la de siempre, sino la que trabaja en ella. Canalizó para mostrarme una visión sorprendente. Al principio yo veía imágenes fugaces pero con dificultad. En cambio, sus ojos mostraban que su visión traspasaba los reinos ordinarios de la mente.

Según Carmencita, al arco físico seguían otros tantos, pero ya estaban formados por energías. Fue entonces cuando una imagen reverente emergió justo debajo del primer arco, como si el aire se hubiera abierto para permitir el paso de un séquito. Así lo narraba ella. Yo solo la escuchaba y veía a ratos destellos, flashes con formas y personas de otra realidad. La dama se llamaba Dama de las Estrellas y nos habló a través de Carmencita.

Lo cierto es que el espectáculo fue tan grandilocuente que no venía más que a confirmar de manera mucho más rica el mensaje que había recibido por la mañana en el paraje solitario de la zona de Uxmal, con una iguana observándome impasible, quizá viendo en mí más de lo que yo pudiera imaginar. De todas maneras estaba claro que el mensaje de esa mañana, bajo el pirú, fue breve anticipo de lo que iba suceder por la tarde, al otro lado del arco maya.


A la Dama de las Estrellas la traían unos hombres en una basterna cubierta en su techo. Cuatro hombres por delante y cuatro por detrás sujetaban las andas ricamente decorada y custodiada. Dentro iba desnuda, y aunque no se le veía el cuerpo porque era translúcida de cuello para abajo, los humanos del lado de Uxmal la saludaron con reverencias. Su presencia era una manifestación sagrada que durante determinadas épocas esperaban.

Más adelante bajó de la basterna, rodeada de mayas que tenían el privilegio de verla. La esperaban en la ciudad de Uxmal. Cuando descendió desnuda, un águila, una lechuza y una serpiente tocaron su cuerpo. Las dos primeras se posaron en su brazo izquierdo y la última recorrió su cuerpo transparente, enroscándose con sigilo alrededor de los pechos y la cintura. Había mucho amor en el momento.

Para los nativos mayas y para el séquito que la traía, ella provenía del Reino de los Cielos. Antes de que la diosa comenzara a hablar por boca de Carmencita, comprendí de manera súbita muchas piezas que habían permanecido sueltas. La primera es que algunas ciudades de México en sus inicios eran réplicas de ciudades de quinta dimensión. Los humanos que las habitaban o custodiaban con el tiempo quedaron desconectados de su réplica en el Cielo. Por eso se sintieron abandonados y comenzaron con los rituales y sacrificios. Siempre ocurre lo mismo cuando el dolor por la separación se convierte en culpa que demanda expiación.

En segundo lugar comprendí por qué en nuestro grupo de treinta personas había tantos pares de nombres repetidos entre hombres y mujeres. Es como si hubiera un claro mensaje: todo lo que es arriba tiene su réplica abajo.

Y en tercer lugar, hacía años, en un grupo de trabajo que se organizó en el lugar donde vivo, mientras paseaba por una zona cercana al pueblo, recibí un mensaje espontáneo sobre Venus. Durante el viaje a México, este planeta aparecía con frecuencia en las explicaciones de Eduardo. Desde la plataforma de los gigantes de Tula hasta Kabah, Eduardo me confirmó que para los mayas y otros pueblos de Mesoamérica Venus era de vital importancia, un referente astronómico para la confección del calendario.

Pero en eso recordé que su importancia iba más allá –al fin y al cabo, el mismo patrón o medida se le podría haber concedido a otros planetas por su precisión matemática en el orbe estelar, desde el cielo de los mayas hasta el de lo aztecas-. Fue en uno de mis paseos por las montañas, en un lugar cercano al pueblo que no nombraré, donde recibí la información de que Venus es un planeta lanzadera. ¿Qué quiere decir esto? Quiero decir que para ingresar en el aura de la Tierra con el propósito de llevar a cabo una misión en nuestro planeta hace falta un período de adaptación no inferior a mil años en el campo áurico de Venus, que es semejante al campo áurico de la Tierra, aunque más sutil. Después de este tiempo se ingresa en la Tierra usando un cuerpo físico tantas veces como vidas sean necesarias para llevar a cabo el plan individual como el plan planetario, ambos en perfecta sincronía. Y, por la misma razón, para salir de la Tierra y regresar hasta la estrella de origen, bien sea Sirio, en las Pléyades o en Orión, hace falta otro período de adaptación en el planeta lanzadera superior a mil años. Esto recuerda a los buceadores cuando se sumergen a grandes profundidades. En su ascensión necesitan etapas para emerger a la superficie, porque de lo contrario se pueden formar burbujas de nitrógeno en su cerebro, síndrome que es conocido como “ebriedad de las profundidades”.

Comprendí, pues, cuántas de las ciudades antiguas de nuestra civilización, con sus tremendos parecidos arquitectónicos entre unos continentes y otros no eran más que un recuerdo arcano guardado en el alma como consecuencia de nuestro paso por Venus. Donde con toda seguridad existen ciudades de otra dimensión, por supuesto de dimensiones más refinadas que la tercera. Al menos no deja de ser sorprendente que en culturas antiguas, sobre todo Egipto y cultura Mesoamericana aparezcan pirámides y cultos a Venus muy semejantes, mientras que en nuestra época actual, totalmente desconectada de los ritmos del universo, no haya más coincidencia que la de edificar hacia arriba.

Cuando observé sentado debajo del pirú las ruinas situadas detrás de La Casa del Gobernador de Uxmal, presentí que aquella edificación había descendido del Cielo, en una época remota, para instalarse en nuestra realidad física, como homenaje a un paraíso perdido. Aquello no era más que la imitación de otra realidad.

Hubo un tiempo de esa gloria enel cual los mensajeros perdieron la conexión con la realidad superior, y por los motivos que sea, los mensajes y las tradiciones comenzaron a concretarse, yo diría más bien a literalizarse. Es decir, el miedo interpretó de su guisa los mensajes escritos, las palabras sagradas de los sacerdotes, las tradiciones más sublimes. Y comenzaron los juegos y sacrificios, las decapitaciones y los rituales sangrientos. Occidente tampoco escapó a esta barbarie de desconexión, por eso tuvimos los tribunales de la inquisición y las persecuciones religiosas, y las guerras mundiales, según la interpretación literal que cada líder hacia de los textos sagrados.

Carmen comenzó a derramar sobre mí corazón un mensaje proveniente de La Dama de las Estrellas. Al principio me sentía insensible, pero ella parecía atrapada por una ola de energía. El mensaje de La Dama de las Estrellas es difícil recuperarlo a menos que no se ascienda de nuevo un par de peldaños en la consciencia. Suelo ocurrir que la memoria física no tiene capacidad para retener memorias más sutiles. Por eso cuando llevas a cabo un trabajo energético importante, aunque hayan transcurrido tres o trescientos s años antes, cuando llega el momento de continuarlo lo retomas como si el tiempo no hubiera parado.

Solo recuerdo estas pinceladas de luz: gratitud por nuestro trabajo, el mío y el del grupo; predicciones de que siempre estaríamos protegidos, de que habría algunas convulsiones en el planeta; apoyo desde el otro lado siempre y cuando fuésemos valientes a la hora de dar un paso en nuestro servicio espiritual; que el trabajo en grupo era el cometido de una familia de linaje espiritual que ya había llevado a cabo otras funciones semejantes; que Carmencita me veía vestido con ropas de una época muy antigua en la cual un grupo me seguía, de la misma manera que ahora. Que esos trabajos se iban a extender a otros lugares del planeta y que tendríamos señales claras de cuáles eran los sitios precisos.

Sí recuerdo un pensamiento material desagradable en mitad de aquel caudal de luz, me refiero a una poderosa sensación mientras la Voz hablaba. En un momento dado me miré el cuerpo. Entonces lo sentí grosero, como si fuera una inmundicia. Carmencita me a aclaró que esta visión era para que no me identificara con él. Debía comprender que solo se trataba de un préstamo y que el verdadero cuerpo de luz era infinitamente más hermoso y eterno. Del mensaje solo queda un eco vago para la memoria física durante, al menos, ¿media hora?

La presencia se despidió. Toda la visión que compartimos fue tan poderosa, tan envolvente, que terminó por tumbar en el suelo a Carmencita. Necesitaba recuperarse de una aparenta apnea, mientras se repetía: “Ha sido muy fuerte, ha sido muy fuerte”. Suele hacer este tipo de trabajos, pero algunos son especialmente poderosos y agotadores. Mientras yo la abanicaba con mi sombrero de paja para otorgarle respiro, permaneció tumbada. Los custodios, su marido y nuestra amiga Amparo permanecían aún sentados en la escalinata, observando la escena cada uno desde un extremo del arco.

Al poco tiempo nos levantamos y regresamos para volver a atravesar la Puerta del Cielo. De nuevo la vibración volvió a estados normales. Los cuatro nos cogimos de la mano y continuamos caminando hasta las ruinas que estaban al otro lado de la carretera. Pero no nos interesaron. ¿Para qué? Así que nos quedamos escuchando el ronroneo del portero que vendía los billetes junto a otro mexicano.

Cuando más tarde regresó el grupo, Carmencita se apresuró a preguntarle a Eduardo si tenía referencias de alguna deidad femenina relacionada con el arco maya o Puerta del Cielo. Eduardo, el zapoteca, guiñó los ojos para hacer memoria y le transmitió que según la tradición maya existía una supuesta diosa de las estrellas. Cada cierto tiempo se la esperaba en el arco maya, por eso se le llamaba Puerta del Cielo. También expresó que siempre aparecía escoltada por un séquito que la traía en andas.

 

 

 

 
 

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